The Guilty Code

Apología al Real Madrid

mayo 6, 2016 Opinion
Por Gabriella Morales-Casas (@gmoralescasas)

Si hoy en día los neoculés dominan el panorama mundial de la afición y el buen futbol porque les tocaron las genialidades de Messi y el brillante equipo dirigido por Guardiola, a finales de los 80 todo aquel que apreciara el futbol sabía quién era Hugo Sánchez. Así fue como el Madrid germinó gran afición en México. Hablamos de épocas duras en las que no había jugadores mexicanos en Europa (o en cualquier otro lado). Hugo hizo historia.

No era un crack, tampoco un genio, pero era un atleta y un extraordinario rematador; un talento natural que cultivó en mente, en cuerpo y en coraje. Hugo se fue de aquí con una cabeza llena de ambición y mentalidad ganadora, y fue al doctor Octavio Rivas a quien siempre reconoció como uno de los culpables de haberlo hecho mentalmente inquebrantable.

Así llegó al Atlético de Madrid, equipo al que dejó (quejas suyas de por medio) para irse al Real Madrid, donde se coronó como el mejor goleador del mundo, porque consciente de sus talentos, pero al mismo tiempo de sus carencias, se quedaba cada tarde después “del entreno” a practicar sus remates, a forzarse en el gimnasio y a mejorar su rendimiento físico, había que tener las piernas para hacer goles.

Chaparrito pero corrioso, Hugo ensayaba todos los días goles espectaculares: las chilenas, las medias tijeras, los hat-tricks o palomitas y esos goles de zurda a primera instancia –en el aire las componía, dirían los poetas, aunque suene a albur–, son producto de su tesón y esfuerzo extra, porque los cracks también se hacen.

Hugo me recuerda a Cristiano Ronaldo, quien sí es un crack nato, pero muy trabajado. Ya que toda la humanidad insiste en compararlo con Messi –inútilmente–, haré lo propio con una analogía muy sencilla: Messi es el nerd del colegio que tiene un IQ superior al resto de la generación, un niño superdotado que no tiene que estudiar las matemáticas porque le salen naturales. Uy, qué genio.

¿Pero qué creen? Que Cristiano es el niño perfecto del salón: el Johnny Bravo, el Luis Miguel “noventero” de su escuela: el guapo, el quarterback del equipo, el que anda con la cheerleader más popular del colegio y que, además, se saca 10 en todo y carga la bandera en la escolta.

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Solo que a Cristiano no le sale tan natural, él sale de la escuela y se va a las clases de natación, pero al futbol sala con los amiguitos, pero al tae kwon do (o lo que sea que se use ahora para los chicos), y de paso, se depila la ceja. Es el niño envidia de los amigos y con el que todas queremos andar, el epítome del mirrey moderno, si Javi Noble fuera exitoso sería CR7.

Pero no se equivoquen, la imagen de Cristiano no tiene nada que ver con su estela de crack. A Cristiano nadie puede, ni tiene derecho a arrebatarle su capacidad de ser mejor, sus goles y su esfuerzo. No sé cómo sea en la vida real y francamente no me importa. Lo único que me importa es lo que hace en la cancha y eso siempre lo voy a defender: no es Messi y no quiero que sea Messi. Es él y lo hace muy bien aunque sea un impresentable.

Los cracks meten goles, los cracks hacen milagros, los cracks se crecen en los momentos de mayor tensión. Los Hugos y los Cristianos, llenos de ambición porque se han hecho a sí mismos, se vuelven invencibles.

Sí, también se vuelven soberbios. La bocota de Hugo, como la de Cristiano –y la de muchos jugadores más en la historia del futbol–, tiene su origen en su condición de self-mades. Convertirte en el más grande desde abajo, con tu propio esfuerzo tiene el precio de la fama: la arrogancia que la acompaña. No los justifico, solo los entiendo. Cuando tienes una solidez en la raíz de tu vida, es mucho más fácil no salirse de la humildad, pero no todas las estrellas del mundo (en cualquier sector) tienen esa suerte.

Que Messi sea tímido y tenga una forma de ser más humilde no es cuestión más que de formación, él se hizo en la Masía, la cantera del Barcelona, con el apoyo total de sus padres; desde los 14 años estuvo arropado. No todo el mundo puede agradecer eso. Cristiano tuvo que aprender a punta de Ferraris chocados, castigos y clases particulares, que ser  un crack, como ser jedi, conlleva una gran responsabilidad.

real madrid cristiano-messi

Que el Madrid es un equipo con dinero, con marketing, con un presidente que es el Rey Sol y no sabe lo que hace, que la lana les importa más que nada, y que cacarean más de lo que han ganado en los últimos años, sí, todo es verdad. ¿Y qué? La historia no se borra, y la del Madrid, con todo y los periodos más oscuros de estos más de 100 años, es cabalmente, aquello que lo hace el equipo más famoso del mundo, con lo bueno y con lo malo.

Por eso me causa mucho conflicto que a estas alturas de la vida haya quien use la historia del club para menguar su tradición, al decir que de las 10 Copas de Europa, cinco fueron franquistas. Eso es tan “reduccionista” como decir que todo alemán de hoy en día es un nazi. Si el franquismo favoreció con amenazas a los rivales del club, citaré a la tragedia de Medea, ¿por qué los hijos pagan los pecados de los padres? El club lo pagó por los venideros 20 años… Y perdón, pero hay cosas tremendas y mucho peores que le pasaron a España en esa época. En serio.

real madrid di stefano

Al igual que marcas históricas como BMW o Volkswagen, que admiten hoy en día su participación en el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial, el Real Madrid no puede negar su afiliación histórica al franquismo, y sí, sería muy elegante y digno que su brillante departamento de marketing que los ha puesto en el último rincón del orbe, también admitiera alguna vez esta parte de su historia, como lo han hecho las mencionadas automotrices, en lugar de hacerse los suecos.

Pero hay algo que el franquismo no pudo comprar: el talento de Alfredo Di Stéfano, la Saeta Rubia, el goleador de River que se volvió el emblema sagrado del club. Franco no metió los goles. Encuentro inútil quererle quitar a Di Stéfano, Gento, Kopa, Rial y Puskas su legado en la cancha. A los cracks no se les puede controlar, ni para bien, ni para mal. Son los artistas del futbol, los rockstars del balón: incomprendidos, tocados por la gracia, emocionales, rebasados por su fama y, de nuevo: hechos a sí mismos.

Y de paso voy a decir que también me molesta que en México los detractores del mejor club del mundo (de acuerdo a la FIFA, y according to me), digan que irle a los vikingos (lo de merengues es más viejo que la calle de Alcalá, por cierto), es “como irle al América”. Nada más errado, absurdo y tonto. Primero, porque ni el América, ni cualquier otro club de la liga mexicana, con todo el cariño y respeto que le tengo, no le llega ni de lejos al Madrid, o a ningún otro grande del futbol europeo. Muestren respeto a los grandes y a los históricos, gente.

real-madrid

Las ligas europeas son como el rock inglés: a todos nos gustan, a todos nos excitan, a todos nos hacen perder la cabeza. Si existen Bowie, los Beatles y los Stones, existen el Madrid, el Barça y el Milán.

Por eso, amiguitos, hay que aplaudirle a Hugo y a Rafa Márquez, en sus años con el Barcelona, haber sido fundamentales en los mejores dos clubes del mundo, a donde llegan muchos, pero sólo se mantienen los más fuertes, como en la más ardua carrera de fondo (porque hasta cuando Hugo vino a dar al América fue de pena ajena).

En este punto de mi grandísimo huguismo me gusta recordar el relato de Eduardo Galeano en ese libro fundamental del futbol literario que es Futbol a sol y sombra, en el que comparte una anécdota, si es que así se le puede llamar a esa gran historia en la que Epigmenio Ibarra, antes de ser productor propietario de Argos, fue reportero de Unomásuno y cubrió una de las tres Guerras de los Balcanes.

galeano futbol

Cuenta que, mexicano, por supuesto, traspasó con su colega Hernán Vera el letrero de “No pasar, trincheras” y cayó en una de ellas. Detectados por los soldados de la antigua Yugoslavia, uno de ellos les cortó cartucho en la cara; entre gritos de confusión, Epigmenio y su colega sacaron sus pasaportes y decían, desesperados, que eran journalists. Uno de los soldados se molestó en leer la palabra MEXICO del pasaporte de Ibarra y solo atinó a decir, con una sonrisa en la cara: “¡Hugo Sánchez, México, Hugo Sánchez!”.

Ahora, me discuten mucho los antis de Hugo y de Cristiano que como personas son horrendas. No lo sé, no los conozco a ese nivel. No los juzgo por su humanidad, sino por la ausencia de ésta; idolatrar al futbolista es solo eso, un sentimiento totalmente infantil: sabemos que no son ejemplo de nada, excepto de esfuerzo y perseverancia. Por lo demás, no es mi asunto cómo viven sus vidas.

Sólo sé que el futbol es vida para quienes crecimos con un balón. Entre los recuerdos de mi primera infancia está el tiempo que compartía con mi papá viendo al Real Madrid de Hugo Sánchez. Yo, con una muñeca en la mano, peinándola afanosamente, escuchaba la emoción de mi papá al ver a Hugo meter gol. Entonces miraba en la tele a un hombre de enorme melena oscura hacer cosas espectaculares en un campo verde dar una machincuepa de gimnasia olímpica. Eventualmente, ser huguista me volvió Puma.

hugo puma

Así se hacen los ídolos, así se hace uno de su equipo de futbol, o de beisbol, o de americano, o lo que sea que le tocó. La afición lo elige a uno, nunca al revés. Por eso no se puede cambiar de equipo jamás.

Por supuesto que me río cuando escucho decir a los antimadridistas que el Real Madrid ganó la Décima Copa de Europa (o la Champions, pues, para los más jóvenes), porque fue un “regalo del árbitro” y una “corrupción” porque se añadieron casi 8 minutos de compensación “para que ganara el Madrid”. Podrían haber añadido 25 minutos más, y si este no fuera un equipo con garra, no tuviera cracks y no hubiera entrega de sus jugadores no habría ganado nada.

Me recuerdo hincada ante el televisor, con la tensión en el alma, susurrándome a mí misma durante la prórroga: “tenemos cracks, los cracks resuelven partidos, vamos a ganar”, y no me fallaron. Sergio Ramos no será un crack, pero se portó como uno, su gol nos dio la Décima en 2014.

Sé que el Madrid no es el equipo favorito para ganar el próximo 28 de mayo la final de la Champions League en Milán; sé que el Atlético de Madrid viene imparable, que son el David frente al Goliat y que el Cholo Simeone es el nuevo Aquiles del futbol español, pero creo en Cristiano, creo en Zidane con todo y sus alineaciones extrañas, creo en Bale, y en nuestro capitán, Sergio Ramos.

¿Por qué? Porque no tengo opción. No puedo hacer otra cosa que tenerles fe.

No puedo cambiar de infancia. Es futbol y vida.

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