The Guilty Code

Breve Antología de Insultos Mustios

septiembre 1, 2015 Opinion
Por La Victoria Helada (VictoraHelada)

Dirán misa pero a mí me gusta que los mexicanos seamos serviciales. Sí, sí, ya sé que es un tema de diván el asunto ese de rendirle pleitesía a los que erróneamente consideramos seres superiores, y que Freud y Hernán Cortés ya se deben haber echado sus alipuses hablando al respecto; entiendo que tanta amabilidad no debería venir de nuestro eterno complejo de inferioridad; y sin embargo, estoy convencida de que en buena medida es mejor ser amable que andar por la vida cargando con un costal de genio y malos modos.

El problema es cuando rebasamos el límite de velocidad del amabilómetro y en nuestro afán de no ofender a nadie, acabamos, o diciendo mentiras (como cuando tu amiga no te dice que tienes una hoja de espinaca adornándote la sonrisa), o recubriendo un insulto con tanta miel que aquello queda no solo insultado, sino mosqueado. Llevo tiempo analizando esas ofensas disfrazadas de sutilezas que decimos cotidianamente y que, ya en serio, si los analizamos, nos dan ganas de cambiarlos por la más sonora mentada de madre.

Por ejemplo…

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“Ahí donde lo/la ves…
(de güey) Habla tres idiomas”, o “ahí donde lo ves (de jodido) tiene carro del año” o este, típico de señora chismosa: “ahí donde la ves (de feíta) tiene un marido bien guapo, adinerado y extranjero”. Decir eso de alguien es rebajarle las cualidades a cero, y detrás del disfraz de piropo lo que hay es un insulto feroz. Porque, oigan, ¿qué facha debe tener una para que nadie nos considere capaces de tener un marido digno de nosotras?; nada más espero que un día de estos que me encuentre a alguien en el Califa a eso de las 4 de la mañana, no salgan con la joya de: “ahí donde la ves… sí sí, esa chica despeinada es la mismísima Victoria Helada”. ¡Señor, protégeme!

“En honor a la verdad”
Jamás en todos los años que llevo en este mundo he oído que la frase anterior anteceda a un piropo real. Justo esta mañana durante una junta escuché esta joya: “En honor a la verdad, le dieron el trabajo porque tiene un cuate bien parado en Vicepresidencia, pero talentoso, talentoso, pues no es”. ¡So-pas! Yo sólo recomendaría – si me lo permiten- que si un día oyen que de ustedes van a decir algo que empiece con semejante macetazo, mejor practiquen la graciosa huida antes de quedarse a ver cómo hacen puré de autoestima con sus propios defectos… en honor a la verdad, ¡qué poca madre!

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“Yo la/lo quiero mucho, pero…”
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! Un mexicano que empieza una charla con esta frase no tiene, repito: NO TIENE buenas intenciones. Porque una cosa es decir que nos queremos los unos a los otros de manera casual, pero, en contexto más local, si estamos hablando del nuevo corte de pelo de Fulanita y alguien dice: “Híjole, yo la quiero mucho, pero…”, automáticamente sabremos que su estilista merece la hoguera y que su nuevo look es un desastre. Y sabemos además, que el autor de tal barbaridad es tan magnánimo que quiere a la pobre Fulanita a pesar de ser quien es (y de sus pelos horrendos). No, pos mejor díganle que se ve inmunda y denle chance de defenderse, no sean…

“No me lo tomes a mal…”
Ya valió madres. Nada bueno puede pasar si alguien nos dice que no se lo tomemos a mal. En realidad, nos van a decir algo que es para ofendernos hasta el infinito y más allá pero como su mentada de madre va con inmunidad, no podemos romper el código de lealtad mixteca y nos tenemos que aguantar el insulto con una sonrisa porque en el fondo, quien nos lo está diciendo tiene buenas intenciones y ya sabemos que lo que cuenta es la intención (chale). “No me lo tomes a mal, pero me parece que algo te faltó ponerle al pozole”. Y uno sonríe, va por los rábanos y con una sonrisa se traga las ganas de decirle: “me faltó ponerle a tu %$!&@)*^ madre…”

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“Está bien simpático”
Si hay un recién nacido en casa y alguna visita soltó esta joya, ya pueden dar por hecho que su hijo o hija va a figurar en el cuadro de honor de los feos. Mi pregunta es, ¿por qué necesariamente tenemos que ponerle un adjetivo calificativo a una persona que no lleva ni 48 pinches horas en este mundo? ¿En serio la madre del recién nacido tiene que oír nuestro juicio y tragárselo con el coctel de hormonas? No están ustedes para saberlo ni yo para contarlo, pero hace unos años, cuando fui a visitar a una prima recién parida, me pasó la siguiente belleza: estábamos todos en la sala con la madre de estreno y en pleno cotorreo, cuando llega una “amiga” de visita. Suben ella y el marido a la habitación del bebé donde –horror- había un monitor prendido y mientras admiraban al angelito empezaron a decir lo feo que era y el parecido que tenía con el abuelo paterno, sobre todo por las enormes y picudas orejas. Todo era verdad… el problema es que el resto de los asistentes estábamos oyendo en la sala, cómo esta pareja destrozaba al chamaco y a la madre de paso… Silencio incómodo, la madre se levanta y apaga el monitor y todos volteamos hacia las escaleras de donde emergieron la dizque amiga con el marido gritando: “¡Pero qué cosita tan simpática!”. ¿Sintieron feo? Porque yo me acuerdo y se me hace un nudo de risa y nervios a la altura del ombligo.

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Yo nomás digo que no hay que exagerar las amabilidades porque luego acabamos diciendo cada barbaridad que nos hace quedar como los líderes sindicales de la hipocresía… y eso, en honor a la verdad, está bien feíto.

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