The Guilty Code

Cómo Canta mi Ciudad

agosto 18, 2015 Opinion
Por La Victoria Helada (@VictoriaHelada)

Tristemente, hace mucho tiempo que mi linda ciudad dejó de ser la cuna de un niño dormido. Pero esa mala noticia y lo que la ha llevado a tal resultado, ya la sabemos. No estoy aquí yo para recordar lo que a diario vemos por todos lados.

Porque a pesar de lo mal que podamos andar por los malos manejos de algunos, la vida sigue, y no obstante las complicaciones, sigue hasta bien. Y a pesar de las sirenas y las malas noticias, y las balas, y ese largo etcétera, este precioso valle se empeña en seguir conservando el jolgorio que sus casi 9 millones de habitantes orquestan día con día.

Es tal el acelere en el que solemos vivir, que se nos olvida detenernos a escuchar esas glorias que uno escucha únicamente si tuvo la gran fortuna de nacer y-o vivir en el Distrito Federal.

Como el inconfundible cantar que pasa todas las noches por un montón de colonias ofreciendo “tamales oaxaqueños. Acérquese y pida sus ricos tamales oaxaqueños, pida sus ricos y deliciosos tamales oaxaqueños”. Y ni cómo negar que la tentación nos sube por el paladar y dan ganas de ir corriendo al triciclo del tamalero pero… el sentido común nos recuerda que es martes y que tal vez, hacia el fin de semana, la seductora voz tan famosa del señor de los tamales nos haga caer en sus redes.

¿Y qué tal el inconfundible silbato del camotero que también ronda por las noches las calles de la ciudad y nos ofrece, con ese silbidito inocente una explosión dulce y calórica bañada en miel de piloncillo (y que muchas veces amplía su menú a un gordo y delicioso plátano macho frito cubierto de leche condensada y chispas de chocolate… me han contado).

Hasta hace no mucho adoraba oír como, con un silbato más fino, llegaba el afilador en su bicicleta. Ese en particular me causaba morbo porque de pequeña descubrí que el afilador –que por mi colonia se llamaba Arturo y usaba el bigote muy tupido- se andaba ligando a una de las chicas que trabajaban en mi casa de infancia. Entonces, en cuanto escuchaba el silbidito solía correr a la ventana y ver en front row el romance de Silvia y Arturo mientas él pedaleaba en la bicicleta que no se movía y luego se iba pregonando su silbido a la cuadra siguiente.

Y si ya nos adentramos en las entrañas del chilanguismo, podemos ubicarnos en la Central de Abastos o cualquier otro mercado, y saber que si detrás de nosotros una voz grita: “¡Ahí va el golpeeee!”, o, plan B, “¡Ahí va el diablo!”, lo que corresponde es pegarnos a la pared si no queremos que el carito en el que se transportan los alimentos nos lleve de corbata.

Por supuesto, no hay cruda completa si un sábado a eso de las 8 de la mañana, cuando uno lleva apenas dos horas en cama porque se puso buena la cosa en El Mono (también me han contado), se apersona desde la calle un señor con voz furibunda que empieza a gritar: “¡El gaaaaaaaaaaas!” –y que por algún fenómeno de acústica extraño suena “¡El gooooooooos!”- que además, de alguna manera mágica es siempre sucedido, diez minutos después (cuando uno ya empieza a babear de nuevo la almohada) por la inconfundible campanita del señor de la basura y su grito grave.

¿Y qué decir de los señores que van ofreciendo con prisa sus “mrnguessss, mrnguesss”? (traducción: ¡merengues, merengues!). Que por cierto, juro que llevo toda una vida en esta ciudad y jamás he visto que alguien compre uno, pero eso es ya asunto mío.

Claro que, si alguien ha pasado al menos una noche en esta ciudad, se habrá sentido intrigado al oír por todas las colonias la misma voz de una niña diciendo “se compran colchones, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas, o algo de fierro viejo que venda”. Y es que, al igual que el tamalero, la voz de esta chiquilla es producto de una extraña rama de marketing informal que, para mala suerte de ella, no genera derechos de autor.

Ya entrados en temas que tienen que ver con lo vial, uno sabe que está en el DF si ve que un chico, colgado de la entrada del microbús grita: “¡Súbale, hay lugar!”; o si estamos intentando estacionarnos y alguien llega corriendo a decirnos: “viene, viene, viene…”. En el segundo caso sabemos, además, que lo ideal es tener algunas monedas a mano para evitar que nuestro flamante vehículo acabe “accidentalmente” dañado.

Y es que así, todo puede estar patas arriba pero esta ciudad no deja de moverse, ni de cantar a pesar de los pesares, muy a su particular manera. Qué belleza, ¿no?

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