The Guilty Code

Continuamos el recorrido por las maravillas de El Cairo

abril 15, 2016 Opinion, Slider One

Por Kitzia Nin Poniatowska (@Kitzia_Nin)

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Llegamos a El Cairo de noche, pero la ciudad parece no dormir. El tráfico cairota hace pensar que, en comparación, en la Ciudad de México, reina el orden. Durante el trayecto, ante la inminente embestida de otro auto, en más de una ocasión levanto las piernas adentro del coche para esquivar el roce de los bólidos que nos pasan con un pip, pip, pip incesante de diferentes cláxones.

Aun desde el piso 16 del Four Seasons Plaza Nile Hotel a las cuatro de la mañana se alcanzan a escuchar los cláxones que parecen armonizar de modo peculiar con el aire de Cairo.

Estamos tan emocionadas y cansadas que no hemos podido dormir. Justo en el momento que siento encontrarme en los brazos de Morfeo, la ciudad de mil minaretes cobra una nueva voz. Esta vez a través de los imans haciendo el primer llamado a la oración o el Salat. Son las 4:38 a. M.

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Por la noche, asistimos al Tanoura O, espectáculo de músicos y baile típico realizado por los derviches. Más que una actuación, es un rito religioso a través del cual el derviche en sus constantes giros entra en un trance que lo eleva espiritualmente. Cinco minutos de vueltas y yo ya estoy mareada. Manuela me reta llegando al hotel a ver quién aguanta más a dar vueltas. 1, 2, 3… creo llegar a 5 antes de sujetarme de un mueble, mientras que mi adorable cómplice y compañera de viaje sigue girando sobre su propio eje contando hasta llegar a 10 para caer al piso soltando una sonora carcajada. –¡No fuimos derviches en nuestras vidas pasadas!–, exclama algo decepcionada.

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Por la mañana, iniciamos temprano para recorrer todos los puntos de interés que queremos conocer. Mito, puntual, nos espera en el lobby del hotel. En un perfecto “mexicano” me pregunta: “¿Qué onda Kiki?”. Nos dirigimos hacia Menfis, la primera capital del antiguo Egipto unificado. Aquí, una colosal figura de Ramsés es lo más sobresaliente. Habiendo sido previamente aleccionada por Mito, pregunto con gestos al guardia que está en la planta baja si puedo tomar fotografías. Manuela me acusa de coquetear con el guardia, quien, a la vez que me da su aprobación, me envía con un gesto de manos su corazón.

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Después de Menfis, nos dirigimos a Saqqara, a contemplar la pirámide escalonada de Imhotep. Sus siete niveles representan el espacio entre la tierra y el cielo, mismos niveles que el faraón debe ascender.

El trayecto y el panorama urbano de esta parte de Cairo es implacable y contrastante. Tristemente me recuerda a las zonas más marginadas y de mayor pobreza de nuestro México. Al borde del camino aún se mantienen abiertos canales de agua contaminados por la basura y objetos de plástico. Algunas garzas, otrora blancas, hoy están negras por pepenar con su largo cuello. De la nada, aparecen unas cuatro patas tiesas boca arriba. –¡Ay, un burro muerto–, exclamo. Indiferente, Sameh, nuestro chofer, me corrige: “Es un cordero”.

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Ante la silueta de la pirámide de Imhotep, Mito y yo platicamos acerca de la antigüedad de las pirámides mayas versus las pirámides egipcias. Mientras tanto, Manuela parece pelearse con su pashmina al intentar cubrirse el rostro al más puro estilo de T. E. Lawrence. En contra de todo lo indicado se pone a platicar en un español italiano con Adriano, un vendedor de chácharas del lugar. –¿Qué parte de no establecer contacto con los vendedores no entendiste?–, la reprimo divertidamente.

La versión oficial de Manuela es otra. En algún momento Adriano me dice: “Señora, 10,000 camellos por mi amiga”, refiriéndose a Manuela. Incrédula, volteo a ver a mi hija y con una amable sonrisa doy las gracias y respondo que no acepto menos de 50,000.

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Otra parte igual de contrastante y maravillosa, es la correspondiente a la ciudadela de Saladino Salāh al Din (el mismo que invadió Jerusalén y ganó la batalla de Hattin, lo que provocó la tercera cruzada) 6 grados de separación.

La ciudadela edificada por los mamelucos alberga dos de las mezquitas más bellas del mundo árabe: la mezquita de alabastro o la mezquita de Mohamed Alí, una réplica de Santa Sofía de Estambul, En su patio destaca la torre del reloj que fue obsequio del rey Louis Philippe de Francia, en 1845, en intercambio del obelisco que ahora se encuentra en la Plaza de la Concordia sobre los Champs Elysées. Los egipcios se ríen ya que el reloj no funciona mientras que el obelisco se mantiene erguido como icono parisino .

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La otra mezquita, de arquitectura islámica del siglo XIV, la de An Nasir Muhammad, fue durante siglos el recinto real para los sultanes y su familias. En la entrada, un niño entona la melodía de la película de disney Aladino: “Gran Alí príncipe Alí Alí ababua”, y con eso tiene Manuela para tararear la tonada todo el día.

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El viernes es el día de rezo para los musulmanes, por lo tanto es un día no laboral como nuestro domingo.

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