The Guilty Code

Culpable de odiar el salón de belleza

mayo 5, 2016 Opinion
Por Mayalen Elizondo (@mayalene / @urbanglossmx)

Nunca me ha gustado, nunca me gustará, lo hago porque no queda de otra y porque uno dedicándose a dar asesorías de belleza, tiene que estar medianamente presentable todo el tiempo.

Tengo mis razones, no crean que es berrinche; se las platico: De entrada, heredé el cuero cabelludo sensible de mi padre. No tolero que nadie me cepille la cabeza, a eso súmenle el trauma infantil de cuando mi mamá me peinaba como “príncipe valiente”, corte también conocido como el de “bacinica” y se tardaba horas en alaciarme el pelo para algún magno evento. Todo acababa en lágrimas, gritos y uno que otro cepillazo.

En la adolescencia, las hormonas lograron que mi pelo lacio se ondulara y, luego, se enchinara sin control; así que para cada fiesta, boda o bautizo, iba al salón a que me alaciaran; era un verdadero calvario. Fueron muchas veces, qué les digo… Horas y horas soportando que me jalaran el pelo con un cepillo redondo. Cabe mencionar que actualmente me alacio yo desde que llegaron a mi vida las planchas; el lado delicado de esto es que, literalmente, te fríen el pelo (lo maltratan mucho más que las secadoras), aunque sea de cerámica y tenga millones de iones circulando por ahí.

salon-de-belleza-corte-mujer

En la universidad fui con una estilista que juró que me haría el mejor corte para cabello chino, decidió que era una buena idea cortármelo como hombre, chiquito… Desastre total, lágrimas e insultos: parecía micrófono. Mi “afro” competía con el de Donna Summer en sus días de gloria y además, ¡me cobró una fortuna! Fue un drama, sin contar con los cuatro años que tardó que el pelo me llegara a la barbilla.

Normalmente me pinto el pelo yo sola, pero es bueno hacerlo con un profesional de vez en cuando. Eso es lo peor para mí: me pone de malas estar sentada con cientos de químicos en la cabeza que hacen que me dé mucha comezón. Ya para la tercera TV Notas leída –esa finísima literatura de salón–, el olor a amoniaco se te impregna hasta en las pestañas… y sólo han pasado 20 minutos.

El manicure es otra historia, me estresa sobremanera que alguien me pueda cortar con unas tijeritas; ya del tiempo que se tardan en secar las uñas ni hablamos (benditas maquinitas estas que secan en segundos). ¿Quieres que una mujer se vuelva muy torpe con las manos? Píntale las uñas… los movimientos que hacemos para sacar la cartera de la bolsa y pagar el servicio son de antología. ¡Carajo! ¡Ya me la rayé! Afortunadamente hay Gelish y eso no pasa, confieso que ya le agarré el gusto a hacerme manicure.

salon-de-belleza-manicure

¿Ya ven? Son razones sólidas y válidas. Estar quieta durante mucho tiempo no se me da y, seamos honestas, no hay silla cómoda en un salón de belleza. Punto. Fin de la discusión.

Tengo que aceptar que hay algo que no me molesta tanto en el salón: el pedicure. Pero tiene que ser un lugar especial, con asientito cómodo con masaje, mesa para el café, wi-fi disponible y una pedicurista con manos de ángel que no me haga sufrir.

¿Odiar el salón de belleza me hace ser menos mujer? No creo. Mujer rara, tal vez. Creo que el amor a ese lugar viene incluido en el disco duro, a mí de plano no me instalaron ese programa.

salon-de-belleza-mal

Termino con una anécdota de mis abuelos:

-¿A dónde fuiste?, preguntaba él.

-Al salón de belleza, contestaba la abuela.

-¡Ah! Veo que lo encontraste cerrado.

The Guilty Code

Simple Share Buttons
Me declaro culpable de la belleza, moda, noticias, fashion y looks