The Guilty Code

Heidi: La historia que a nadie importa

mayo 6, 2016 Opinion
Por Eduardo Limón (@elimonpartido)

Murió hace algunos días Hisao Okawa, guionista japonés responsable de haber llevado a la televisión durante los años ochenta la célebre historia de Heidi, la niña que vivía en Los Alpes. Nada particular para muchos pero sí para mí, que leí la novela de la suiza Johanna Spyri cuando tenía unos seis o siete años y que, cuando algún tiempo después la vi traspasada a la tele, experimenté por primera vez la asombrosa sensación que brinda mirar representados de una manera los personajes que uno llevaba años pensando que eran absolutamente de otra ¿les pasó alguna vez?

heidi spyri

Heidi llegó a mi casa en forma del regalo que algún tío le dió a mi hermana por su primera comunión. El libro se quedó por ahí arrumbado y en algún momento, quizá motivado por su letra grande y su pasta amarilla y reluciente, o porque no tenía nada mejor que hacer, lo tomé para practicar lo que ya estaba aprendiendo en la escuela, que era leer. La historia me gustó, pero con el agregado, para mí común en ese tiempo en que comenzaba a darme cuenta que era muy clavado, de que yo teñí la historia de un gris nublado, pues me “malviajaba” mucho la idea de una huérfana que, a falta de mejor remedio, tenía que ser abandonada por su tía en casa de un abuelo gruñón. En la novela se dice que este, antes de recibir a la pequeñita, fue una especie de priísta que se gastó el dinero producto de una herencia –y negocios mal habidos– en juego y mujeres para, con el tiempo, ser segregado de la sociedad una vez que la lana se acabó y no hubo más que hacer con el viejo que mirarlo cómo se resecaba en soledad. Punto, que para mí Heidi no fue en principio una historia feliz y luminosa sino todo lo contrario: era una novela complejísima, que encerraba en las aventuras de la protagonista una especie de épica que para mí representaba un primer viaje iniciático en busca del sentido de la vida. Hagan de cuenta que en aquel entonces yo no pensaba que estaba leyendo una simpática novela católica, sino que para mí Heidi y lo que le pasaba equivalía a estarme adentrando en Dostoievski o algo así.

heidi okawa

Pero la enorme sorpresa que la vida recién estrenada me estaba reservando vendría después, unos dos o tres años luego de haber cerrado la novela, cuando Heidi se estrenó en forma de dibujos animados por Canal 5. Desde la entrada de la caricatura –que recuerdo perfectamente: un largo plano que mostraba Los Alpes Suizos con el fondo musical de un corno, antes de que entraran algo así como unos cantos tiroleses que anunciaban el reconocidísimo “abuelito dime tú…” que interpretaba una chica a la que no pude identificar jamás– mi asombro se abrió a la experiencia nueva tanto como mi boca: ninguno de los personajes de la caricatura (ninguno, bueno, ni siquiera el perrote Niebla) se parecía nada a los que yo había trazado en mi mente. El pastorcito Pedro era despeinado y le faltaba un diente, el Abuelo era mucho más apuesto y sabio que el vejete irresponsable que yo había figurado mientras leía el libro. La tía Adelaida era mucho más amable en la trama que anunciaba el Tío Gamboín, y el señor Sessemann era algo más ponchado de lo que yo podía imaginarme en alguien con tanto dinero y poca vocación por el trabajo físico, en tanto empresario que se dé a respetar.

La que mejoró grandemente entre mi subconciente lector y la realidad caricaturesca fue Clara, la niña paralítica (con capacidades diferentes, tendrían que decir en la serie hoy) que se vuelve amiga de Heidi cuando a esta terminan sacándola de Suiza para llevarla a Alemania. En el libro, Clara era una güerita delgada, pálida y vulnerable que había perdido muy pequeñita a su mamá. En la pantalla, Clara era una chava superbonita, que antes aún de caminar (como yo ya sabía que al final le sucedería) se dirigía con mucho garbo y elegancia al resto de los personajes. Sobra decir que la representación de la guapa del cuento me fascinó. Sólo Clara –y Copo de Nieve, y eso porque ya estaba muy cabrón imaginar distinta una cabra pequeña de color blanco– encajaron a la perfección con el retrato que yo tenía dibujado en mi mente de los personajes que ya conocía tanto.

heidi clara

Murió Hisao Okawa y sentí que mi vida le debía algo, ya que sin saberlo él tuvo que ver con el primer viaje perceptivo que me tocó experimentar en la vida: el paso de la imaginería literaria a un mundo en el que una parte de la realidad se volvería, por muchos años, algo que brillaba desde la pantalla. Es la consabida historia que todos tenemos con alguna novela que para nadie tiene importancia más que para uno, que ya va dándose cuenta que recuerda cosas que ahora sí pasaron hace mucho, mucho tiempo.

Y ustedes ¿se acuerdan de Heidi?

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Eduardo Limón. Es periodista cultural. Colaborador en W Radio y Canal 22.

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