The Guilty Code

Historias de Limón: La Carretera del Norte

abril 8, 2016 Opinion, Slider One

Por Eduardo Limón (@elimonpartido)

Absolutamente genial, que me parece se incluía como parte de la añorada Carabina de Ambrosio (¿se acuerdan?, ¿por qué ya no se producen programas de comedia con esa frescura y desparpajo?, ¿en qué momento la televisión humorística del país se volvió tan chafa?) y que llevaba por título Nacidos en el viaducto.

Como su nombre lo indica, la miniserie trataba sobre un grupo de ciudadanos —y qué ciudadanos: Manuel Loco Valdéz, Alejandro Suárez— que un buen día se habían quedado detenidos por completo dentro de un gigantesco embotellamiento y solo vivían esperando el día de volver a sus casas para hacer una vida normal. Hay que decir que mientras tanto no la pasaban nada mal: la panorámica inicial sobre la cual se proyectaba el nombre de la serie mostraba un grupo de autos completamente detenidos, varios de cuyos modelos se unían unos con otros mediante tendederos.

AlejandroSuarezLocaValdez

Por allá, si mi memoria, que se resiste a entrar a YouTube, no falla, veíamos unidades con las cajuelas abiertas habilitadas como tienditas o lavaderos. Un conductor muy hecho a la nueva vida que el tráfico imposible le había impuesto, correteaba tras un balón de futbol entre toldos y capacetes. Nacidos en el Viaducto. Genial. En uno de sus episodios más delirantes, el “Loco” Valdés se dirigía a su hijo, un chamaco simpatiquísimo de diez u once años, para decirle con el aire más solemne (palabras más, palabras menos, recuerden que no quiero entrar a YouTube): “Hijo, ha llegado el día. Hoy vas a aprender a manejar”. Los ojos del chamaco se desorbitaban: “¿Pero por qué, papá? ¡Aún soy un niño!”. A lo que el papá replicaba algo así como: “Sí, mijo, pero ya eres lo suficientemente responsable. Yo no te voy a durar toda la vida y necesitas saber mover el coche. ¿No te has puesto a pensar qué va a pasar el día que yo falte si el tráfico avanza?”.

Lo anterior viene a cuento por las imágenes, ciertamente macabras, pero también indudablemente jocosas (por lo menos así quiero verlas) de la mega fila de tráilers que hace unos días miramos todos en su intento fallido por entrar a la ciudad (la ex región más transparente) justamente en el bendito día en el que, a falta de mejor plan por ejecutar, a las autoridades capitalinas se les ocurrió implementar, ¿por qué no?, el doble Hoy No Circula. Esto para deleite de todos los ciudadanos que, si bien es cierto, ya se habían hecho a la idea de dejar sus coches en casa un día —cosa que sigue pareciéndome sacrificio menor si tomamos en cuenta la pésima calidad del aire—, con justificada razón enloquecieron de furia al evidenciárseles de sopetón la torpe falta de imaginación para resolver problemas que manifestaron sus autoridades.

Por consiguiente, al no corresponderles circular justo en el bendito día en el que la ciudad se volvió un absoluto caos, allí se quedaron los tráilers, afuerita de la caseta en la México-Querétaro, y al mirar las imágenes, dignas de la mejor película de ficción (o del más brillante programa de comedia) yo me imaginaba el súbito e involuntario Nacidos en el Viaducto para el que acababan de ganar el casting aquellos estoicos “traileros”. Por allá, un pobre trabajador del transporte, quien no había desayunado, esperaba con paciencia que le permitieran la entrada a la ciudad para entregar sus toneladas de mercancía e irse corriendo a cualquier fondita, restaurante, Oxxo o puestito de licuados (claro, el pobre hombre no sabía que aquel era el día señalado para poner a prueba sus triglicéridos, ya que el atorón duró unas doce horas). Más adelante, el “trailero” que, al borde del autismo funcional, solo atinaba a repetir que los pollos que traía en refrigeración estaban a unas cuantas horas de echarse a perder, toda vez que la susodicha refrigeración era surtida a la caja de su camión por un grupo de bloquesotes de hielo que ya empezaban a derretirse. Y más allá, el primero de la fila: el pobre hombre a quien le tocó grabar en el subconciente la inolvidable imagen de la pluma de la caseta cerrándose ante sus prisas.

Para sintetizar: un grupo de tipos de ojos enrojecidos por la furia, la indignación o el tedio que sencillamente daban pena, pero de todos ellos, hombres rudos hechos en la carretera, llamó mucho mi atención la figura de un colado, convidado del infortunio, un hombre más bien delgado que, tras el volante de un humilde auto común y corriente, tuvo la malísima pata de irse a entremeter en el trafical carretero de ese día de locos justo entre un grupo de tráilers que seguramente estorbaron su accionar, dejándolo varado, cual minúscula rémora vehicular, durante todas las horas y las horas que aquel trance horrible duró.

Quise imaginar, hacia las dos de la tarde de aquel día, a aquellos hombres separados del resto del mundo como los personajes del cuento de Cortázar: cómplices entre ellos, recurriendo a la solidaridad para cumplir sus necesidades más básicas, haciéndose amigos para mejor pasar el rato, pero no pude. Al atardecer se fijó en mi mente la imagen: veía al hombre más bien delgado, propietario del humilde auto común y corriente, entrando a su vehículo con aire solemne para dirigirse a su pequeño acompañante: “Hijo, ha llegado el día. Hoy vas a aprender a manejar”.

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Eduardo Limón. Es periodista cultural. Colaborador en W Radio y conductor del programa “Triángulo de Letras” que transmite Canal 22.

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