The Guilty Code

La Muerte y La Doncella

julio 31, 2015 Opinion
Por Amalia Mejía (@Picho143) / Fotos por Dzilam Méndez

¿Quién dijo que era nuestra obligación ser felices? Según el mundo de los quotes, Cantinflas lo dijo de esta manera: “La primera obligación de todo ser humano es ser feliz, la segunda, hacer feliz a los demás”. Y no ha sido el único, aparece por ahí otra cita del mismo Jorge Bucay: “Ser feliz, para el ser humano es una obligación y no un derecho” ¿En Serio? Con el respeto que ambos me merecen en sus respectivos trabajos, déjenme volver a preguntarles: ¿Les cae?. Ya lo han dicho ellos con frases elegantes, pero también toda la sociedad lo grita.

Se oye bien, nadie lo puede negar, parece una linda meta, incluso para muchos parecerá irrebatible; pero déjenme hoy cuestionar esa postura.

Empecemos por reconocer que es una ¡gran responsabilidad la que se ha depositado en nuestras espaldas con esa sentencia! Pues se nos asegura que la felicidad está en todos lados, de manera que si no la percibes, te puedes diagnosticar como ¡un idiota consumado!

Se ha perseguido con desesperación la felicidad, no importa los recursos de que haya que valerse para conseguirlo; la presión social por cumplir con esa obligación es tanta, que no es difícil que se recurra a cosas como la adicción a las compras, o a las drogas, al poder, a la belleza, a la aceptación etc. etc. aunque estas acciones traigan felicidad momentánea, dejan la aparente satisfacción de haber cumplido con la misión impuesta. Tal vez me quieran argumentar que el error está en basar la felicidad en cosas materiales, perecederas, o fantasiosas; que la obligación de ser feliz persiste, sólo que habrá que encontrarla en las cosas realmente valiosas. Eso suena mejor ¿no? Pero ¿qué decir cuando de manera inevitable sucedan cosas malas, tristes, trágicas? La obligación consiste en anular la tristeza con la felicidad, ¡no pueden ser compatibles! ¡Tienes que ser feliz y punto! a ver cómo le haces, me vale tu dolor, a este mundo ¡se vino a ser feliz! ¿Qué parte de la palabra “obligación” no entiendes?

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La gente tiene tan metida en la cabeza ese credo existencial, que huye de cualquier cosa que amenace su felicidad; de una mala noticia, de una persona que esté sufriendo, de un problema; a tal grado que estará dispuesto a rehuir de un compromiso ante la posibilidad de que éste, desemboque en una preocupación. Y cuando a pesar de todo su esfuerzo por evitarlo siente dolor, a ese sentimiento, se sumará la sensación de frustración, de fracaso, se sentirá excluido del mundo feliz en el que “habitan todos los demás”, empeorando así por mucho, su situación pues la considerará como castigo, o la atribuirá a la ley de atracción, y en ambas circunstancias la responsabilidad recaen sobre su actuar, se odiará a sí mismo al sentirse culpable de su tristeza y de no solucionarla.

¡Esperen! ¡Felicidad ni siquiera es un verbo! Es un sustantivo y por si fuera poco, es ¡un sustantivo abstracto! No es una acción, no es algo que se pueda hacer o producir.

No me mal interpretes no te estoy invitando a que seas presidente de la asociación de deprimidos y masoquistas, pero sí te hago un llamado al equilibrio, a cuestionarte hacia qué lugar estás inclinado y si lo tuyo es una obsesión absurda, pues el objetivo, si no te has dado cuenta, es inalcanzable e innecesario. Y si ya me pongo muy “pedinche” también te invito a que no veas en las personas a los sirvientes que deberán estar ahí para forjar tu felicidad, y que si no hacen bien su trabajo deberán ser despedidos; la gente no puede hacer por ti, ¡lo que tú tampoco puedes hacer por ti mismo!

¿Qué tiene que ver toda esta disertación con el teatro? Espero que tú no estés en esa lista, pero hay gente que se niega a ver una obra si no le garantiza carcajadas, aunque sea mal actuada, boba y plagada de peladeces, todo en “aras” de su felicidad.

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Me declaro amante de la buena comedia, pero aún así, no creo que por el sólo hecho de serlo, la convierte en superior a otros géneros.

Déjame contarte esta anécdota…

Era un domingo por la tarde, el clima era sensacional, acompañada de mi queridísima amiga Ana Karina Guevara, asistiríamos a una obra en donde veríamos a Daniel Martínez, con quien yo había tenido la fortuna de compartir experiencias deliciosas e inolvidables en el sitcom “Una Familia con Ángel”, y a quien no veía desde hace muchos años, en una obra dirigida por una de las mejores directoras de teatro de este país y a quien le tengo mucho afecto y admiración, Lorena Maza. Sentada en primera fila esperaba la ansiada “Tercera llamada” ¡Nada podía ser mejor! Una sonrisa envidiable se dibujaba en mi cara, de repente, me veo conquistada por la mejor actuación que he visto en mucho tiempo, realizada por Arcelia Ramírez, una mujer diminuta de cuerpo, gigante en talento, interpretando un texto impecable, escrito por Ariel Dorfman. Golpe tras golpe iban desdibujando la sonrisa de la que yo había hecho alarde. ¿Estoy dispuesta a abandonar “la felicidad” con la que entré?

La Muerte y La Doncella, fue representada por primera vez en 1990, es un historia que se desarrolla en Chile, en el momento de transición de la dictadura a la democracia.

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No es México, no es ahora, pero yo ¡no puedo dejar de sentir! ¡Esto también me atañe! En muchos momentos las lágrimas brotan ¡sin mi permiso! no tengo escapatoria y ¡no quiero escapar! Quiero acompañarla, quiero ir hasta donde ella vaya, voy a apoyar la decisión que tome, ¡ahora yo, soy ella! Ahora mi país es igual al de ella ¡aquí también hay tortura!

Tengo que contarte que el género de esta obra es Pieza, este género teatral es el más apegado a la realidad, por lo que como director te genera un reto, pues no podrás usar simbolismos, no podrás hacer uso de una música que lleve al espectador a la lágrima manipulada, ni siquiera se puede abusar de efectos de iluminación, casi todo deberá ocurrir a luz general, los elementos en escena son solamente los indispensables, no puedes sobre producir una atmósfera, por lo que sólo es el texto y las actuaciones los que habrán de dar la batalla, y en esta obra, ¡vaya manera de llegar a la victoria! ¡Gracias Lorena por no sucumbir a la tentación! De manera que aunque los sentimientos brotan, no nublarán tu mente, la que se llenará de cuestionamientos.

Tienes enfrente de ti a quien aseguras fue tu verdugo ¿Qué harías? ¿Le devolverías cada dolor infringido tanto física como mentalmente, o lo perdonarías?

Ve a ver esta obra, y acepta que no sólo de carcajadas vive el hombre, sino también de lágrimas que enriquecen al corazón, cuando se llora por empatía y solidaridad, cuando se tiene el valor de reconocer la debilidad en uno mismo, cuando conmoverse te invita a acercarte y abrazar a otro.

Por supuesto que les deseo que sean felices, pero no tanto como para que el egoísmo y la insensibilidad los gobiernen. Nos vemos en La Muerte y la Doncella.

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