The Guilty Code

Lujo y arrabal para todos

mayo 20, 2016 Opinion
Dijo uno de los gatitos de los Aristogatos, cuando se encuentra a Tomás, aquel personaje al que le dio voz el inigualable Tin-Tán: ¡Mira, un gato arrabalero! (Eso dije yo cuando conocí a Franky Mostro, by the way). Pero entre el lujo y el arrabal ya no hay fronteras: todos somos arrabaleros y todos creemos que somo “supernice”.

Por Gabriella Morales-Casas (@gmoralescasas)

Decir “arrabalero” no es políticamente correcto, entonces inventamos términos como “kitsch”, “folclórico” y “con onda”. Es más, ya todos podemos acceder al lujo y llevarlo al barrio porque el lujo ya se ha masificado.

¿Díganme si no? Vamos a La Perla, en el Centro, porque está “pocamadre”, cuando hace 15 años no nos hubiéramos parado ahí ni en drogas (ok, en drogas hasta al 33). Fichamos en el San Luis, organizamos nuestros cumples en alguna cantina y ahora hasta comemos churros en la nueva sucursal de El Moro, en Río Lerma, cuando hace 20 años que me llevaba mi amigo Rubén Tatemura, varios de mis amiguitos nice se espantaban porque en el Centro “roban” y “matan” por las noches. Uyyy, Mufasa.

Ya ni hablemos de ir al futbol. En mis tiempos ir al estadio era naquísimo y solo ibas si tenías o te invitaban al palco; ahora hasta Friday’s hay en el interior del Estadio Azteca y todos vemos o vamos a la Champions League, aunque no sepamos ni de qué se trata y quién juega o cómo llegan los dos equipos. El chiste es “shupar” y “convivirtzzz” porque la Champions sí es de lujo, no como la Liguilla.

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Los autos reflejan mucho de esta apreciación: Argentina tuvo un bajón en la industria porque la administración de Cristina Kirchner impuso un impuesto del ciento por ciento sobre los productos de lujo, entre ellos los autos; esto bajó la venta de las grandes marcas. Con la llegada del presidente Mauricio Macri (quien tiene más cola que le pisen que todos los compas que salieron en los Panama Papers, donde estuvo incluido, por supuesto), esta medida va a cambiar.

En México, la industria no sufre de esos problemas, antes al contrario, está en una cresta que nadie va a parar en un rato. Hasta abril, la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz presumió un récord de ventas de 118 mil 407 vehículos que se traducen en millones de dólares, amiguitos, ¡de dólares!, porque los planes de pago están diseñados para que cualquier mortal se compre una SUV de 60 mil dólares. Total, si el dólar sube, las mensualidades también.

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Hace unos días me contaba mi colega de CNN, Ariel Crespo, que le llegó un informe en el que México aparecía como el primer país consumidor de lujo en América Latina, y a nivel mundial ocupa ya el tercer puesto junto a los reyes de esta categoría, Rusia y China. Y les hablo de alto lujo, de cosas inalcanzables…

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Supe, por ejemplo, que la oficina de Turismo de Nueva Zelanda decidió enfocarse en Brasil y no en México, como lo habían hecho en los últimos años (claro, el vuelo directo influye mucho –todo–), y el motivo principal, según sus conclusiones, ha sido que los mexicanos preferimos comprar cosas que viajar. ¡Tomen esa!

Respóndanme: ¿es cierto que preferimos comprar cosas que experiencias?

En contraparte a la exótica NZ, el familiarísimo Miami emerge como destino de lujo con fuerte interés en México. Desde la renta de condos hasta el Real Estate de dos millones de dólares –pobremente, es el barato, dicen–, hacia arriba, todas las empresas relacionadas con ese rubro quieren que compremos una propiedad en esta costa. Va a la alza.

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Los jóvenes empresarios mexicanos de In Best Miami, Gonzalo Valles y Jorge Bauer, se dedican a ofrecer experiencias de alto lujo en materia residencial y de inversión para clientes nacionales. Su servicio es boutique, según lo anuncian, y cuentan con 14 clientes, entre ellos, Ritz Carlton Residences en Sunny Isles Beach.

Su más reciente complejo es Elysee, y uno de los socios propietarios, Taylor Collins, un floridano de quinta generación, vino a presentar el proyecto a México. “Porque nosotros no tratamos con intermediarios, ofrecemos calidad desde el approach; tratamos con los dueños y garantizamos transparencia”, me dijo Gonzalo. Elysee es obra del arquitecto Bernardo Fort-Brescia con interiorismo de Jean-Louis Denoit, uno de los diseñadores más prestigiados en este rubro.

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O sea, México ya no sólo es destino de inversión in situ, sino de inversión para el extranjero sin tener que ser Carlos Slim o Alberto Bailléres. ¡¿Quién quiere una casa en Punta Mita si puede tenerla en Miami?!  Es sarcasmo… Pero como quieran. “Miami no es solo playa y shopping”, dice Gonzalo Valles, “es un destino que se pone de tú a tú con Singapur, Nueva York o Hong Kong, capitales financieras, de estilo de vida y mucho poder”, me rebate Valles. Olvídense del “reggeaton” y Enrique Iglesias, pues.

Sí, todos podemos acceder al lujo, al menos, a los objetos considerados de lujo que se han democratizado bastante; pero, ¿qué es el lujo? La gran polémica que genera esta pregunta es que si algo es alcanzado por la raza, ya no es de lujo. Diría Gordon Gekko: “El lujo es cuando viajas en tu propio avión”.

Y sí, a menos que tengas un Patek Philippe de 2.6 millones de dólares, una Reina del Nilo de Lladró que cuesta un poco menos, o un Damien Hirst, porque Tamayos, cualquiera (de nuevo: es sarcasmo), tu casota en Florianópolis o Palm Springs (tal vez un castillo en Normandía), o tu propia isla en Los Cabos (Ooops, ¿herí susceptibilidades?), no sabes qué es el lujo.

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O sí… Para los grandes empresarios el lujo es el tiempo, para las celebridades es la privacidad, para otros es el servicio y el confort absoluto. Habrá para quienes sea coleccionar objetos que pertenecieron a la realeza o comprar obras de arte caríssssssimas. Para Leo Di Caprio quizás sea respirar aire puro y para Brad Pitt seguro que es todo lo anterior, incluido no verle la jeta  a nadie que no sea su familia o su staff.

Para mí, por ejemplo, es despertarme con el aroma del café artesanal que me preparan cada mañana y decidir qué voy a hacer cada día. Bueno… eso es “conchudez”, pero la “conchudez” también es un lujo.

¿Qué es el lujo para ustedes, queridos amiguitos culpables? Ah, por eso amo The Guilty Code, porque todos somos culpables de algo…

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