The Guilty Code

Por un Beso de Cuba, Aunque Sólo Uno Fuera

abril 12, 2016 Opinion
Por Ana Victoria Taché (@vioverdu)

Por razones que no viene al caso aclarar, hace muchos años que no piso el aeropuerto José Martí (aunque estuve más que tentada a ir a ver a los Rolling Stones), y si bien es cierto que tengo ese archivo de memoria lleno de recuerdos agridulces, y que no imagino cómo es la isla ahora, 20 años después de que la dejé, estoy segura de que, de volver, me encontraría con esa esencia única y esa fuerte personalidad que le daba, a pesar de los pesares, un toque de magia que, me atrevo a decir, pocos sitios pueden poseer.

CubaRevolucion

Hacia los años 80 había pasado ya un poco la efervescencia de los cambios ideológicos y aquella pasión revolucionaria, al menos fuera de Cuba, estaba no solo apagada, sino bastante dividida. Yo estaba recién llegada al mundo en esos años y al ser hija de un ferviente devoto de la revolución crecí creyendo que todo aquel que no fuera pro “Cuba sí, yanquis, no”, merecía ser mandado al file de las “malas personas”. Y es que yo era chica y mi padre un apasionado de sus ideologías. Mi madre por su parte, nacida en México, se compraba también la película, pero lo hacía con mesura. Ella solía decir que “Cuba no es, ni todo lo bueno que dicen allá, ni todo lo malo que dicen acá”. Y seguramente tenía razón; pero entonces, yo no lo sabía: para mí, Cuba era, literal, el paraíso. Era ir a ver a mi gente y andar por un sitio más libre y menos peligroso que la Ciudad de México.

CubaFidelCastro

Si algo me llamaba la atención de los habitantes de la isla era su capacidad para ser felices. Suena tonto, pero no podía llamarlo de otra manera. Cuba era contraste en todo: era llegar a ver a gente que parecía ser feliz sin tener prácticamente nada. Hacían malabares para conseguir comida, ropa, accesorios y, de buenas a primeras, sin importar la hora o día de la semana, se podía montar una fiesta con una grabadora, algo de hielo, una botella de ron y dos botellas de “Tropicola”. Una fiesta porque sí, porque querían y podían.

Pasé casi todas las vacaciones de mi vida en dos hoteles principalmente: El Riviera, una mítica construcción original de los años 50 ubicada en el Vedado que conservaba el esplendor de esos años pre-revolucionarios en que fue construido. Recuerdo que era un sitio precioso que parecía atrapado en el tiempo y que, si bien es cierto que el servicio de hotelería jamás “rankeó” como uno de los mejores, se conservaba de manera bastante decente.

CubaRiviera

El otro era el Hotel Habana Libre, llamado originalmente Habana Hilton durante su inauguración en 1958. Este edificio ubicado también en el barrio del Vedado, era un ejemplo de cuál era el plan original que se tenía para Cuba: convertirla en un centro de diversión, negocios y esplendor hacia los años 60. Cuenta la leyenda que en 1959, el hotel fue uno de los centros de mando de la revolución que entonces se estaba gestando y que cambiaría radicalmente y por tantos años, la historia de la isla, de sus habitantes y las páginas de los libros de texto.

En mis años adolescentes la situación no cambiaba mucho: mis compañeros de escuela habían visitado Disney y pasaban los fines de semana largos en destinos como Acapulco o Ixtapa. Yo iba a Cuba, y a pesar de que veíamos que la forma de vida de sus habitantes no era la mejor, seguía siendo un paraíso. No solo por mi historia personal, sino por el encanto que tenía en sí misma. Recorrer las calles del Malecón, ver desde lejos el cuartel Moncada o acercarse a los campamentos de los “Maceítos”, que eran grupos de jóvenes estudiantes hijos de cubanos radicados en el extranjero y llamados así en honor a Antonio Maceo, uno de los héroes de la independencia Cubana. Ellos dedicaban parte de sus veranos a convivir con chicos de otros países y desarrollar actividades de servicio a la comunidad y encontrar en esos campamentos un intercambio cultural de riqueza invaluable, unidos ahora por una causa.

Ir a Cuba era caminar y comer helado en Coppelia, heladería que se hizo famosa gracias a la entonces polémica cinta Fresa y Chocolate (1994); recuerdo que era dulcísimo y recuerdo cómo me impactaba el hecho de que los cubanos podían estar horas formados para pedir una “ensalada” que consistía en cinco bolas de helado de distintos sabores. Me acuerdo también de los pioneros: los niños estudiantes cubanos con sus uniformes en color rojo, azul o amarillo dependiendo del grado, con boina y pañoleta del mismo color. Cuba era ir al parque Lenin a escuchar a los trovadores sentados con la guitarra los sábados por la mañana y hacer de esa esquinita del parque un juglar donde los niños cantaban y a la vez, aprendían. Porque en Cuba todo era conocimiento y es verdad: los niveles de educación hacían que todos supieran mucho de todo. Y eso era de admirarse.

CubaPioneros

Yo era adolescente, estaba entrando en la etapa de rebeldía por la que todos pasamos y las cosas en la isla no iban mejor. El periodo especial hacía que aumentara la escasez de prácticamente todo y empezaba a flotar, aunque sin decirlo del todo, una especie de desencanto por la revolución. Claramente mi opinión al respecto no es lo que cuenta, pero algo es cierto: me molestaba oír a los jóvenes de mi país decir que Cuba se estaba convirtiendo en el paraíso de la prostitución y que “con un paquete de chicles hacías maravillas”. Me parecía humillante, porque lo es.

La canción de Jarabe de Palo, La Flaca (1996) causaba furor y una parte de mí se sentía ofendida de que “nadie entendiera lo que de verdad quería decir” (ya saben, esa candorosa época en la que los jóvenes creemos que lo sabemos todo y que sabemos más que los demás). Yo enfurecía cuando la gente no entendía el mensaje de la canción: era una prostituta y estaba flaca porque no tenía qué comer (“…la flaca duerme de día, dice que así el hambre engaña…”). Recuerdo que pensaba que, en caso de que esa sexy mujer no hubiera nacido en Cuba, habría sido menos flaca, y seguramente se habría dedicado a otro oficio que no hubiera sido la prostitución y tal vez hubiera besado, por gusto, a más de uno, como me podía dar el lujo de hacerlo yo.

Los servicios de hotelería iban a la baja, un sistema que no estaba progresando se resquebrajaba y era imposible no darse cuenta. La comida para los extranjeros no tenía la mejor calidad y se notaba lo obvio: la isla se estaba quedando atrás en el rubro progreso.

Las calles de la Habana Vieja, con esos imponentes edificios, eran prueba de ello: el peso de los años hacía mella en las bellísimas construcciones del centro y su belleza original parecía convertirse en un recuerdo pálido de lo que alguna vez fueron.

Cubacentro

Los turistas solían quejarse de la mala calidad en los servicios, pero aún así disfrutaban de las noches en el Tropicana, de los “toques de bembé”, que eran rituales santeros convertidos en un espectáculo para los viajeros y eso sí: bebían ron. Mucho y bueno. La mítica Bodeguita del Medio era un sitio de mala calidad y mucha fama donde a pesar de todo, bien valía la pena hacer una hora en la fila de espera para conocer el lugar que fue tanta fuente de inspiración del famoso escritor Ernest Hemingway. ¿Cómo olvidar la famosa frase “Mi mojito en la bodeguita y mi daiquirí en el floridita”?

CubaBodeguitaDelMedio

Los hijos de la revolución ya eran jóvenes que obedecían a los instintos propios de su edad, así que se creaban un universo con música, baile y con lo que tuvieran a mano para vivir la vida. Recuerdo haber conocido a una chica unos años mayor que yo, probablemente en sus 20, que tenía el brazo lleno de pulseras de colores, de plástico rígido y un poco desiguales. Me contaba que en realidad no eran pulseras sino cepillos de diente viejos que guardaba por años. Cuando no tenían vida útil, con una pinza les quitaba las cerdas, luego ponía a hervir la parte plástica y cuando estaba suave, las colocaba alrededor de un vaso para darles forma redonda. Y yo, yo solo tenía que pedirle a mis padres que me compraran un brazalete que me gustaba del aparador de cualquier tienda.

La falta de recursos y la energía propia de la edad hacía jóvenes creativos, divertidos, efervescentes y con ganas de comerse el mundo, aunque el mundo terminara a la orilla del mar.

Fue entonces cuando dejé de ir, por motivos que tampoco vale la pena aclarar. No conocí la Cuba del siglo XXI, ni me tocaron los famosos paladares.

Confieso que quiero volver a ver la isla con otros ojos y que, según me cuentan amigos que han ido en memoria reciente, sigue conservando esa magia que no se puede describir con palabras. Me cuentan, sobre todo, que la gente sigue siendo lo que era antes: cálida, alegre, habladora –a los cubanos les interesa saber todo de todos y lo dicen en voz alta– y bailan y cantan, literalmente, a todas horas.

CubaVista

Estoy segura de que muchas cosas cambiarán luego de la visita de Obama, y de la instalación de las oficinas de Google, y confío en que el espíritu de los habitantes de esa isla, que por cierto es preciosa y que tiene las playas más bellas que yo he visto, se conservará tal y como yo lo recuerdo. A ritmo de son y con un Habana Club en la mano.

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