The Guilty Code

Recorriendo Egipto, de Luxor a Asuán

abril 22, 2016 Opinion
Por Kitzia Nin Poniatowska (@Kitzia_Nin)

Salimos muy temprano rumbo a Luxor; en el avión antes de despegar todos los fieles recitan versículos del Corán de lo cual ya estamos familiarizadas con Allāh akbar (Dios es grande), que es la primera frase al inicio de la oración y que se repite a lo largo de la misma.

“¡Coño!”, susurro entre dientes mientras volteo a ver a Mane… Nos gana un ataque de risa por lo cual nos reclinamos hacia el asiento enfrente de nosotras antes de que no saquen por infieles.

El paisaje aéreo de Cairo es árido y rojo, como las arenas del desierto que lo rodean; en cambio, en Luxor se aprecia el verdor de un oasis y la generosidad fertilizante de las aguas del Nilo.

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Realizaremos el siguiente recorrido, de Luxor a Asuán, con la empresa Abercrombie & Kent, reconocidos en el mundo del arte del buen viajar. Operan un crucero sobre el Nilo de cinco días y cuatro noches, y yo he decidido desde hace tiempo que cuando viajo lo hago con absoluto estilo.

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En el aeropuerto nos encuentra nuestro guía Alaa Saleh, un egipcio nubio que al hablar me recuerda al Paisano Jalil. Me dice señora, pero me habla de tú y pronuncia perfectamente Cleopatra y Ptolomeo, pero el resto de las “p’s” suenan más bien como V. Cuando comento el punto con Manuela no tiene idea de qué estoy hablando, por lo que en algún momento del crucero, terminamos los tres viendo, a manera de cultura general, la película de Joaquín Pardavé.

En Luxor visitamos el templo de Karnak por la mañana, por la tarde nos trasladamos al Valle de los Reyes y visitamos el templo de la Reina Hatshepsut y los colosos de Memnon, quienes susurran con el viento en los amaneceres.

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Regresamos a nuestro santuario que durante los próximos cinco días será nuestro hogar: el barco. Nos instalamos y familiarizamos con los otros viajeros y la tripulación.

No sé qué me pasa, pero llevo varios días sin poder dormir. A pesar de la actividad constante y del cansancio no he pegado el ojo. “La maldición de Imhotep”, vaticina Manuela cual pitonisa.

Durante el desayuno, a la hora de que se sirve el bufet le pellizco las nalgas mientras invoco: “Imhotep, Imhotep”, en dos zancadas está en la mesa sentada ignorándome mientras me río de mi travesura. “You and your lady companion are so sharply dressed”, me dice una mujer. –Lady companion? She’s my oldest daughter–, no más agarrada de nalgas.

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En Qena visitamos el templo dedicado a la diosa del amor: Hathor, donde vemos caritas de leona con tocado ptolomeico (entiéndase a la Cleopatra, después de la llegada de Alejandro Magno). El ascenso al techo del templo es en espiral y el descenso en clavada picada, como el vuelo del halcón. Todo está relacionado y conectado.

“¡Señora bvor favor, abvurate antes de que llegue el tren!”, me apresura Alaa, refiriéndose a los turistas rusos. A Manuela hubo que rescatarla de otra horda; esta vez de niños, quienes la rodearon en el patio y literalmente la atraparon.

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De Denderah tomamos un auto que nos lleva de regreso a Luxor al Valle de los Reyes, al templo de Ramsés III. Los jeroglíficos indican claramente el testamento de las plagas bíblicas. Recorremos Luxor de noche. ¡Caray!, ¿por qué no podríamos hacer lo mismo en México? La iluminación es maravillosa y la noche, perfecta.

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Navegar El Nilo rumbo a Edfu ha sido una de las experiencias más placenteras y relajantes, absorbiendo el panorama y deleitándonos con la vista: contrastes de colores, texturas y materiales, el agua se pierde con el verdor del lirio y este, a su vez, se fusiona con el amarillo del desierto que sucumbe al azul del cielo.

En Kom Ombo, una calandria nos traslada al Templo de Horus, el pobre caballo está tan descuidado que da pena. Pero eso sí, el dueño tiene dos celulares a los cuales grita indistintamente durante nuestro trayecto. Desde el inicio del viaje, Alaa nos dio indicaciones y el dinero en moneda a manera de dar propinas tanto a los guarda tumbas como otras personas: “Denles bvrimero unas moneditas, si siguen bvidiendo denle hasta 20; bvero no más”. En el Valle de los Reyes me sacan ¡20€ por mostrarnos la bóveda de una tumba, aunque ya habíamos pagado nuestra entrada! La sensación de estar ahí, sin Alaa, es muy incómoda. El idioma árabe es muy agresivo al oído, pueden estarte alabando, pero sientes de igual modo una agresión… Nada más de acordarme me encolerizo. ¡Pillo!

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Por la tarde, después de la hora del té, que no nos perdemos y tomamos más Russian Grey que toda la familia imperial, decidimos probar las clases de cocina egipcia que ofrece el Sanctuary Sun Boat. En la noche visitamos el Templo de Sobek y los restos de cocodrilos momificados. No me siento bien. Manuela desde su cama invoca: “Imhotep”. Por la noche, nos vestimos con galabeyyas, prenda típica de Egipto. –Mamá no se siente bien–, le dice Manu a Alaa–. –¡Ah, señora|, es que tú eres una bversona que bvrovoca muchas envidias , todos quieren tenerme a mí de guía–.

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En nuestra travesía hacia el alto Egipto hemos visto como el paisaje y la etnia va cambiando. Estamos a unos 50 km de la frontera con Sudán; el cauce del Nilo tiene mayor torrente y es el último tramo navegable antes de sus cataratas.

Al llegar a Asuán visitamos el templo de Philae en la isla Agilika en la inundada presa Nasser. ¿Obra de ingeniería o sacrilegio arqueológico? Más de esto cuando hable de Abu Simbel. Pasamos nuestra última tarde en el Nilo a bordo de una felucca escuchando reggae de Bob Marley.

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“Manu, Manu, mi amorcito, ¿en qué piensas?”, pregunto, mientras veo contemplativa a mi niña de oro hecha mujer. ¿En qué momento creció tanto? ¡Carajo! El tiempo el implacable, sin duda. No, no, señora: “Mannu, Mannu, doble n, nnu, nnu”, corrige Alaa. ¡Chinga!

“Mannu, Mannu, te invito un helado de McDonalds”, y absurdo como pueda sonar, la propuesta de Alaa es genial. Así como lo ha sido todo este viaje que pronto está por terminar.

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