The Guilty Code

Shakespeare malhablado

abril 22, 2016 Opinion
Por Gabriella Morales-Casas (@gmoralescasas)

Decía Julissa en uno de los diálogos de la película Pedro Páramo, del 67, adaptada por Carlos Fuentes y dirigida por Carlos Velo: “Me volví malhablada entre la tropa”. Esa peculiar frase, que no existe en la novela escrita por Juan Rulfo, me parece tan divertida como cierta: ¿Quién no se ha atrevido a soltar una picardía, o incluso, algunos buenos latigazos verbales luego de juntarse con finas hierbas que nada tienen que ver con las finas costumbres y el buen gusto?

pedro paramo

He escuchado a las más finas damas de sociedad decir “barbajanerías” que ni Polo Polo en un show (porque es filólogo, manas, no cualquier comediantillo de cantina barata, ¿eh?), después de unas cuantas copas en el Sens, o durante sus pláticas de café en La Lorena cuando se expresan de sus galanes.

Yo misma he proferido algunos buenos insultos en ocasiones varias, todos enseñados por la tropa (escojan tropa, la mía fue el futbol), nunca en mi casa; pero ahora vivo rodeada de la banda automotriz y sé, más que nunca, que conservar la doncellez es todo un arte (no esa doncellez, malpensados, sino la verbal y estilosa).

Por eso, una sabe que los mejores insultos son los que no contienen insultos, palabras que incomodan como introducir una pluma en la garganta. Eso lo inventó Shakespeare –como casi todo el idioma inglés, by the way–, quien cumplirá el 23 de abril 400 años de haber fallecido, al igual que Miguel de Cervantes, otro virtuoso de la lengua, pero en castellano.

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Afirman los estudiosos que Cervantes creó el género de la novela con El Quijote, pero dice Harold Bloom que Shakespeare inventó, además de los buenos insultos, a la civilización occidental como la conocemos. Suscribo.

Harold Bloom es un crítico literario experto en poesía y en Shakespeare. En su libro La invención de lo humano resume: ¿Qué sería de nosotros sin Otelo, Hamlet, Romeo y Julieta, Julio César et alius? Pues nada. En 600 páginas explica que nos hemos hecho a imagen y semejanza de estos y otros personajes que componen las 34 obras de sir William, dramaturgo del pueblo que acabó en el teatro real, con todo y las teorías de conspiración que juran que era un plagiario de sus cuates o que, incluso, nunca existió.

Pero tal ingenio y estilo no pudo ser azaroso. Veamos: ¿Quién no ha hecho un maldito drama en su noviazgo? Eso de “morir de amor” lo inventó él para vender entradas al teatro y por su culpa todos creemos en el amor a primera vista y en que no podríamos vivir sin el otro. Grrr. ¿Y cuál es el premio?

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Peores son Cleopatra y Marco Antonio que se la viven en el pleito, la manipulación, el chantaje sexual, la mentira y la calentura. Uy, sí, cuánta ficción. ¿Les suena familiar? Si caen imperios por eso imaginen si no van a caer nuestros pequeños hogares igual… Todas somos Cleo.

¿Y qué me dicen de los “mirreyes”? ¡Hamlet tiene la culpa! Era un junior, flojo e irresponsable que no quería la chamba que le tocaba. Tuvo que aparecérsele el fantasma del padre tres veces, ¡treees veces!, para que se decidiera a tomar las riendas de su vida y sacar la casta para recuperar lo que le pertenecía y enfrentar su responsabilidad. Entre que pensaba y lo sopesaba, se pasó 200 páginas de vagancia y hasta una escena tipo lady Panteón.

Es más, los psicólogos del mundo están tan influidos por “to be or not to be” que por Freud… (Otro disclaimer: esa escena no existe en la obra como la montan en las movies, Hamlet nunca la profiere con la osamenta en la mano, sino en el tercer acto cuando está por pedir la mano de Ofelia; lo del panteón viene después y además está “jarra” con un amigo). Por cierto, la película de Disney El Rey León es la mejor adaptación de Hamlet que he visto en el cine (Sorry, sir Laurence Olivier).

hamlet rey leon

Medida por Medida es un libro modernísimo: hay feminismo, karma, valores y justicia; como que le respondas a la chava que dejaste embarazada –¡infame!–, y que nunca acoses sexualmente a una mujer o quieras obligarla a venderse por una necesidad. ¿Ven?

Ahora vamos a su capacidad para insultar. Chequen lo que le dice el rey Lear al duque de Kent:

“Escucha, renegado; ¡por ley de vasallaje has de escucharme! Has intentado que yo quebrantara un juramento, temeridad a que nunca fuera yo osado, y con desconsiderada arrogancia pretendes oponerte a la obediencia debida a mis mandatos. Mal se aviene a mi temple y desde este sitial el consentirlo. Yo haré bueno que aún tengo autoridad para recompensarte como mereces. Cinco días te concedo para proveerte de lo más necesario a evitarte una vida miserable. Al sexto día volverás tu execrable espalda a nuestro reino. Y si al décimo día tu proscrita persona es hallada en mis dominios, en aquel instante es tu muerte. ¡Aparta, por Júpiter! Es sin remisión mi sentencia”.

O sea: “Me viste la cara de… Pero se te acabó tu fiesta; vete mucho a la… y si regresas te mando matar, hijo del pan”. ¿No suena mejor arriba? “Tu proscrita persona”, me mata de risa. Eso deberíamos decirle todas a los ex novios.

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Misma obra, segunda escena, soliloquio de Edmundo:

“Mi padre se conjuntó con mi madre bajo la influencia de la Cola del Dragón y cuando yo nací presidía la Osa Mayor. Por lo tanto, yo he de ser taimado y lujurioso… ¡Bah! Sería lo que soy aunque la más virginal estrella hubiera pestañeado en el firmamento al bastardearme”.

O sea: “Soy un cabrón”. Jajajajaja.

Por eso amiguitas, ser malhablada entre la tropa sucede, pero aprender de La Galatzia y caerse de risa porque dice verge 30 veces seguidas, no es para nada cool (ok, también me da risa, pero no está cool).

Si de verdad queremos cultivarnos en las artes del insulto más profundo, del oprobio más vil y la ruindad verbal, hay que leer a Shakespeare. No es aburrido como en la secundaria; van a morir de risa pues hasta en las tragedias más sangrientas sale con un chiste. Lo recomendable es Porrúa Sepan Cuántos –con todo y la censura de los padrecitos traductores–, y las ediciones de Cátedra.

shakespeare books

Créanme, cuando siento que la vida no vale nada, acudo a Shakespeare, que es como mi libro de autoayuda: siempre hay salida, y si no, al menos, hay un bufón…

Todos queremos al bufón.

*Esta columna está dedicada a Flavio González Mello y Gilberto Guerrero.

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