The Guilty Code

Una narración ecológica

abril 1, 2016 Opinion, Slider One

Por Eduardo Limón (@elimonpartido)

“Lo que tenemos que revisar es nuestra forma de vivir”.

José Mujica (expresidente uruguayo).

Esta era una ciudad muy ecológica, con sus habitantes ecológicos y sus productos ecológicos pintados de verde. Algunas veces, en las escuelas ecológicas le pedían a los niños botellas de plástico vacías para que aprendieran a reciclar. Eso era un problema para las mamás ecológicas: había que comprar muchas botellas y vaciarlas con rapidez para que el niño ecológico pudiera entregar a tiempo su tarea.

De cuando en cuando, la ciudad ecológica se ennegrecía debido a los autos que circulaban en ella. Muchos autos, millones, pero los habitantes ecológicos no se preocupaban por demasiado tiempo: siempre había una llovizna, un ventarrón que se llevaba el humo. “¡Cómo ha cambiado el clima!”, se decían unos a otros los habitantes de la ciudad ecológica. Mucho se asombraban al subirse a sus coches mientras estaba lloviendo, y más se asombraban cuando al bajarse de ellos tan solo unos minutos después ya había salido nuevamente el sol. Y a la noche, el frío, y al mediodía, el calor infernal. “¡Cómo ha cambiado el clima!”, se decían.

contaminacion cdmx

Pero un día, el viento y la lluvia no bastaron, y el negro, mejor dicho, el gris, gris oscuro del cielo, no se dispersó como siempre. Todos en la ciudad ecológica se espantaron y exigieron al gobierno medidas extra-urgentes para atender la situación.

Y el gobierno, que con miedo electoral tantas veces había retrasado la instauración de una medida ejemplar, prohibió a los ciudadanos ecológicos que se subieran a su auto una vez a la semana por un tiempo algo mayor a lo bimestral.

Y los ciudadanos ecológicos no lo pudieron soportar.

“Gobierno imbécil”, se decían entre ellos durante los embotellamientos. “Estúpidos”, musitaban mientras la medida los obligaba a caminar. Incluso los miembros del gobierno, acostumbradísimos a manejar, conocieron por unos cuantos días el transporte público y hasta se dejaron fotografiar, pero en cuanto pudieron, volvieron a escurrirse en sus coches; que sean otros los que se acostumbren a caminar o aprendan a pedalear.

“Imbéciles”, decían en el fondo todos. En cuanto pudieron, muchos habitantes ecológicos comenzaron a investigar si les convendría comprar un auto más. Sencillamente, no era posible que las cosas mejoraran con tan solo pedirles que dejaran de manejar.

medio ambiente cdmx

La narración termina el día en que la ciudad ecológica no pudo más. Sus habitantes gritaban bajito porque no podían respirar. “Pinche gobierno”, se decían mientras trataban de escapar a bordo de sus vehículos. Indignados, aceleraban una cuadra y a la otra volvían a bajarle: se armó un embotellamiento enorme y nadie pudo escapar.

Se acabaron las clases, ya nadie enseñó a reciclar. Los productos pintados de verde se acumularon creando un muladar. Los ciudadanos ecológicos, indignados, miraban al cielo gris y maldecían al gobierno que no les había indicado bien cómo podían salvarse.

Por la noche del último día, antes de que el oxígeno terminara de quemarse, una bacteria anaerobia le decía a sus bebitas, bacteriecitas anaerobias que apenas estaban aprendiendo a reptar: “¿Ya ven? Yo les decía que algún día ese pinche clima iba a cambiar”.

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