The Guilty Code

¿Y Si Nos Ofendemos?

junio 22, 2015 Opinion
Por Gabriel Bauducco (@GabrielBauducco)

Han pasado siglos desde que como resultado de la Revolución Francesa cambió en muchas partes del mundo el criterio sobre la naturaleza del poder. Antes se decía que el poder venía de Dios, que ungía a un monarca, que gobernaba a un pueblo. Luego de eso, la concepción –aún cuestionable, pero más moderna– era la siguiente: el poder proviene de Dios, que lo entrega al pueblo, para que unja a un rey. Este importante hecho histórico parece olvidado por  Emilio Chuayffet, nuestro Secretario de Educación Pública. O al menos eso es lo que se desprende de sus declaraciones del miércoles 17 de junio, cuando aseguró que quienes dudan que se lleve a cabo la evaluación docente, ofenden al presidente. “Llueva o truene habrá evaluación. Seguirá habiendo evaluación en México, porque quienes piensen lo contrario ofenden al presidente Peña, que desde su discurso inicial, señaló: no más plazas espurias, no más plazas vendidas, no más plazas heredadas, sino plazas que pasen por un concurso y evaluación profesional que habilite al maestro.”

 

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¿Debe un pueblo preocuparse por no ofender a su presidente? ¿Puede un presidente ofenderse por que algún sector de la sociedad que gobierna –grande o pequeño– dude de él? ¿Y si el presidente se ofende, qué sucede después? Sin duda, sus preocupaciones son más grandes que eso.

Permítanme concentrarme en un hombre. No es precisamente en el Presidente Peña, sino alguien que intentando ser más papista que el Papa, arrastró la imagen del primer mandatario. Ése hombre apeló a algo encarnado en las entrañas de la sociedad mexicana: la ofensa sin mucho trabajo cuando alguien nos dice lo que no nos gusta, lo que no queremos oír. Pero hay algo más grave; invocó a un principio antidemocrático: la idea de evitar la pluralidad de pensamiento, la discusión, la diferencia.

Para quienes siguen esta línea, los griegos Platón y Aristóteles –que estudiaron a la democracia como una forma plural de organización del Estado–, pasaron por este mundo para nada.

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Tal vez ha llegado la hora recordarles a los funcionarios y a nosotros mismos que el poder es del pueblo. Aunque la palabra pueblo siempre suene a rojo, a zurdo, a comunista, a pasado de moda (suponiendo aún que eso tuviera algo de malo). Pero eso somos: pueblo. Un pueblo que, por cierto, tiene en sus manos el enorme poder de decidir.

La verdad es que males añejos como los 50 millones de pobres, los feminicidios, la corrupción, el estado de descontrol del narco, la permisividad con que los maestros en eterna huelga son tratados por el gobierno (después de semanas de huelga, de todas formas cobraron su salario completo) y el inevitable deterioro de la calidad de la educación que recibe el millón de niños afectados, eso… eso me parece ofensivo. Sobre todo si ofensa es daño. Entonces quizá sea absurdo aclararlo, pero: no ofende a un hombre, ofende a una nación.

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