Gritar o no Gritar, Esa es la Cuestión

Por La Victoria Helada (@VictoriaHelada)

Hoy hay fiesta. Ya sé cómo será. Todos los años es igual. Nos reuniremos todos en casa de la tía Luchi, que vive hasta Ciudad Satélite. No entiendo por qué somos tan poco operativos: sería más fácil que la tía Luchi, su esposo y sus hijos, vinieran a la Escandón o a la Portales donde estamos centralizados todos, en vez de hacernos recorrer toda la ciudad y tener que ver las ho-rro-ro-sas torres de colores, pero en fin… uno no decide esas cosas.

A esta hora, seguro la abuela ya estará haciendo la miel de piloncillo para los buñuelos, desde mis años de infancia recuerdo cómo me contaba que su abuela, michoacana de nacimiento, le había dado la receta de la miel que no “tenía nada que ver con esa cosa aguada que dan en las ferias”. “Cosa aguada” a la que le agarré tirria desde chiquita y hasta la fecha odio comer.

La tía Luchi debe llevar al menos tres días enfrascada en el drama del pozole. Pobrecilla. Ella insiste en que cocina bien. Y nadie se atreve a desmentirla, a lo más que aspiramos los sobrinos es a argumentar que no nos gusta el pavo en navidad y por eso preferimos comer pura ensaladita de manzana. Pues con el pozole será lo mismo: todos a calmarnos el hambre con tostadas con crema para evitar comernos esa cosa pastosa con consistencia extraña.

La buena noticia es que Areli hará flautas de barbacoa, ¡qué alegría!, la prima Areli es reservada y nunca nos ha revelado la receta aunque yo siempre he sospechado que las compra ya hechas. Un día investigaré a fondo.

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Esta noche los más pequeños se amontonarán en el jardín delantero de la casa para aventar cuetes… y como dicta la tradición, la tía Fabs correrá a regañarlos argumentando que van a matar de un susto a Coqui, su perrito, que para este 2015 ya debe llevar como seis años de terapia por el estrés postraumático que le generan las fiestas patrias.

Joaquín y Ramón volverán a los clásicos: huevos con confeti. Nadie se salva, ni siquiera la abuela que los castiga haciéndolos comer doble plato de pozole y luego los manda a la habitación donde estos pre adolescentes “sufrirán” jugando Wii… Desde tiempos del Atari, la cosa era igual.

Seguro que el tío Adrián ya tiene listo el playlist que incluye todas las canciones rancheras habidas y por haber, incluida una selección de Pedro Vargas y Lola Beltrán que en honor a la verdad, y ya con tres tequilas encima, resulta más efectiva que el Clonazepam. Espero que este año pueda librarme de la historia del tío Adrián, cuando cuenta que los padrinos de bodas de los padres de su esposa fueron el mismísimo José Alfredo Jiménez y su esposa Paloma… allá en su Leon, Guanajuato.

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A eso de las 10:30 todos a llorar. Porque en las bocinas suena “Amor eterno” y a cada uno se le escuecen las heridas al recordar a los que ya se fueron, y sí, malas noticias, cada año se suman más a la lista.

El tío Raúl y el tío Arturo harán de las suyas para escabullirse al estudio con una botella de Bacardí blanco, tres cocas de vidrio y discutir horas, hooooras sobre el desempeño de sus respectivos equipos: América y Chivas. Gritarán, pelearán, azotarán, encenderán un cigarro, la abuela entrará furiosa y les dirá “mátense si quieren pero no me fumen, ya saben que a mi Agustín no le gustaba que fumaran en el estudio”, y entonces ellos se reirán y harán una apuesta para el próximo clásico. Luego irán con cada uno de los miembros de la familia para ver quién se suma al equipo de cada cual. La historia siempre es igual: el que pierda, paga las carnes asadas para todos en la casa de Cuautla.

Por allá andan los politiqueros, junto con Rocío, la prima que estudia en ciencias políticas y todavía tiene la inocencia de la juventud, todavía cree que con su entusiasmo puede cambiar el mundo. Todavía cree que ser valiente no sale tan caro (Joaquín Sabina dixit).

Todo sigue igual: las banderitas de colores, los platitos de barro, los zarapes que hacen las veces de mantel. Mientras Rocío clama justicia el resto de las primas hablarán de lo feas y pesadas que son la primera dama y sus chamacas, y las tías recordarán que bien daban los gritos los presidentes anteriores y tal.

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Y lo curioso es que nadie, nadie se percata de que estamos festejando al ausente. Este año, otra vez, el del cumpleaños no está. México está perdido, nadie sabe donde y pareciera no importarle a nadie. Andará buscando a sus desaparecidos, llorando a sus muertos, viendo como sangran sus heridas. Mientras todos comemos pozole y gritamos “¡Viva México, oh, suelo bendito de dios!”,   él está afuera, mirándonos por la ventana y preguntándonos hasta cuando, hasta cuando nos daremos cuenta que lo perdimos. Que se está muriendo, que le duelen Ayotzinapa, El Estado de México, Juárez, Veracruz, que le duelen los periodistas y los desaparecidos y que le duele la impunidad.

Habría que apagar los cuetes. No estamos para celebrar. Estamos para pedirle disculpas al del cumpleaños, porque andamos tan preocupados en festejarlo, que nos hemos olvidado de respetarlo.

Perdón, México querido.