Historias de Limón: Cenizas

Si polvo somos y en polvo nos hemos de convertir, ¿qué puede importarle a un grupo de sacerdotes que nos adelantemos tantito a ese momento de la forma más libre que nos atrevamos a imaginar?

Por Eduardo Limón

La Iglesia Católica ha prohibido a sus miembros conservar las cenizas de sus seres queridos en casa. También ha condenado esparcirlas en la naturaleza e incluso ha declarado que no pueden transformarse en objetos decorativos de ningún tipo. Chin. Ángel Dehesa ya dijo que ahora no le queda más que ir al Papaloapan con una coladerita para traer de regreso las cenizas de su papá. El nicho en el que reposa Alejandro Aura dentro del Hijo del Cuervo tendrá que ser desmontado. Mi madre -cuando le toque, espero que en un siglo- no podrá ser esparcida en el sitio que me ha pedido y ni qué decir de Keith Richards, quien ya afianzó su lugar en el infierno al haberse aspirado las cenizas de su padre mezclándolas previamente con cocaína.

Como si fuera mamá regañona de esas que no te dejan leer el periódico si no lo dejas igual de parejito que como estaba en la mañana, o señor de esos que trae los asientos del coche nuevo cubiertos con plástico, la Iglesia Católica va especializándose cada vez más y más en reprimir el gusto por vivir -y morir- de sus agremiados. No tengo un solo amigo(a) católico que no haya establecido una relación sonriente y resignada con respecto a qué será de sus cenizas una vez que haya fallecido. Con la sensación práctica que da el saber que al final uno va a acabar dentro del espacio equivalente a una tacita, cada uno de ellos se ha dado chance de hacer volar su mente: cuando no prefieren el entierro convencional, cada uno ha pensado en una aventura distinta para que sus cenizas se vayan por el mundo o, en su caso, se queden cerca de sus seres queridos. Pero no. Ya salió la iglesia a menear el dedo índice. Prohibido repartir tres cucharaditas de la abuela entre las casas de sus hermanas y dispersar una en el parque en el que conoció al abuelo, o les negamos las exequias, es decir, el funeral católico como Dios (ese regañón en el que creemos) manda.

Como si no hubiera cosas más importantes en qué pensar.

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En su ensayo La soledad de los moribundos (publicado aquí por el Fondo de Cultura Económica), el sociólogo Norbert Elias afirma que: “de una manera consciente o inconsciente, la gente se resiste por todos los medios a la idea de su propia vejez y de su propia muerte”. Efectivamente. Soy de quienes piensan que gracias precisamente a todo lo que ahora se nos ha ocurrido hacer con nuestras cenizas, el tránsito hacia lo que inevitablemente va a ocurrir puede percibirse con mayor suavidad. Ya es cosa de cada quien decidir si queremos que nos lancen en un satélite exclusivo que orbitará Tecamachalco para toda la eternidad o que nuestros hijos nos siembren debajo de un manzano.

Después de todo, a la Iglesia Católica se le barre que es cosa de unos cuantos millones de años para que todo lo que conocemos termine convertido, precisamente, en cenizas.

Si polvo somos y en polvo nos hemos de convertir ¿qué puede importarle a un grupo de sacerdotes que nos adelantemos tantito a ese momento de la forma más libre que nos atrevamos a imaginar?

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Al fondo de todo esto se encuentra una creencia que data del medievo y que se afincó en la Europa del cristianismo primitivo (siglo V, aproximadamente), misma que establece que si se pierde el cuerpo físico, el día del Juicio Final Dios no podrá llevarnos a la vida eterna. Fue hasta el siglo XX (1963, concretamente), que la Iglesia permitió las primeras cremaciones. Ante la popularidad de la práctica, hoy pareciera que la grey quiere regresar a la comunidad de sus fieles al pasado.

¿A quién más que a mí puede interesarle lo que mande hacer con mi envoltura para el día que ya no sea quien fui?

Por eso desde ahora digo que cuando me muera y me tengan que cremar, quiero que sea con una de tus fotografías y con todo lo que yo quiera.

Yo.


Eduardo Limón. Es periodista cultural. Colaborador en W Radio, puentes.me y Canal 22.