Historias de Limón: La locura que viene

Hace 20 años, el mundo se transitaba de manera diferente. A partir de los nuevos atentados en Francia, nuestro columnista rememora los barrios franceses de hace 20 años, que pudo caminar con plena tranquilidad.

Por Eduardo Limón (@elimonpartido)

Se llamaba Rue St. Sabin, y recuerdo muy bien que aquella pequeña calle se encontraba dentro de la zona XIII parisina, muy cerca de La Bastilla –o de lo que queda de ella, que hasta donde me alcanza la memoria no es más que una piedra– y de lo que los habitantes con los que conviví durante aquellos años denominaban como “la ópera nueva”. Era bello el rumbo de París en el que viví entre 1997 y 1998, pero recuerdo hoy particularmente St. Sabin. Dentro de la pequeñísima y muy pintoresca calle cabían tanto un bar –bautizado con orgullo latino simplemente como “Iguana”, así, en español–, una tienda de ropa para playa y un pequeño local de crepas (mi favorita era la de nutella con plátano, o con banana como dicen allá).  Esta la atendía un corso que hablaba un español distendido y locuaz que, aún con malas conjugaciones, siempre conseguía comunicar la buena “ondez” del crepero que, orgulloso, varias veces me platicó que conocía mi país y que lo que más le había gustado de él era “el gumbo de Tacuba”. Jamás supe porqué un lugar como Tacuba había causado tan buena impresión en aquel buen tipo, pero el hecho es que me divertía su plática, pues adivinaba en ella el trato cordial que aún en las zonas más inhóspitas siempre brinda algún tipo de buena fe al llegado de otras tierras, al forastero.

limon-niza-2

El maestro crepero, lo recuerdo bien, era un genio de las finanzas –jamás equivocaba el cambio, aunque enfrente tuviera a un grupo de exigentes japoneses pidiéndole diez crepas de sabores que nadie comprendía– y también era un genio de las relaciones internacionales: le sonreía a todos. Conversaba con todos. Parecía creer con firmeza (nunca me lo dijo, pero yo lo intuía en su actitud sabia) en el principio personal que reza a pie juntillas que si no te metes con nadie, nadie nunca se meterá contigo.

De todo ello me acordé mirando las noticias copadas por las terribles imágenes de lo ocurrido ayer en Niza. 84 muertos en una cifra que aumenta cada vez que vuelvo a asomarme a las pantallas y en la ratificación de un hecho inquietante que, no hace falta ser ningún visionario para darse cuenta, aporta un nuevo elemento sombrío a la convivencia internacional y al designio de las relaciones con otras culturas en el occidente: aunque no te metas con nadie, cada vez se hace más y más probable que alguien se meta contigo. Y aquí amigos y lectores mucho más informados que yo van a brincar, recordándome la triste y agresiva historia de colonialismo que precede a la fortuna económica francesa, que antes de instituirse millonariamente como tal se cebó con argelinos, cameruneses, tunecinos y millones más y de cuyas frecuentes pulsiones ambiciosas salieron también territorios anexados con sangre en el resto de los continentes habitados: por algo hablan francés muchos haitianos y habitantes de Trinidad y Tobago, de los cuales nomás no pude encontrar el gentilicio y que constituyen parte de los intereses con que Francia, en su conjunto, fue ganando, poco a poco la antipatía de muchos sometidos en el mundo. Pero no. Mi punto el día de hoy –y el del crepero corso con el que trabé algún tipo de amistad hace diecinueve años– tiene que ver con la noción más simple de la convivencia cotidiana en cualquier lugar del mundo: si no me meto contigo, tú no deberías tener ningún interés por hacerme mal. Yo, tu vecino. Yo, quien vive al lado.

limon-niza-3

Erasmo de Rotterdam, tipazo holandés que vivió en las postrimerías del siglo XV y que tuvo entre sus talentos el muy brillante de haber traducido El Nuevo Testamento al griego (hecho que permitió a otros, entre ellos a un tal Martín Lutero, comprender la biblia como nunca y posteriormente pasarla al alemán, de donde brincaría al inglés y de ahí a su comprensión en todas las lenguas) murió detestando la locura religiosa: su traducción sirvió como pretexto para escindir la Iglesia, pero sobre todo para que católicos y protestantes se capturaran entre ellos y luego se torturaran y quemaran a fuego lento en nombre de la defensa que de su particular idea de Dios tenía cada quien. A ese conflicto, Erasmo notó, habrían de añadirse también los musulmanes, quienes no tardarían en considerar “impura” la visión de aquellos sobre el Dios en el que creían.

Locos todos, decía Erasmo, quien enmedio de la violencia alcanzaba a divisar que el dios que uno y otros decían defender era en el fondo el mismo, que en ningún caso pide a sus fieles acabar con el que piensa distinto. En ningún caso.

limon-niza-4

No he regresado a la Rue St. Sabin, pero si sigue ahí ese tipazo corso que hace crepas, me supongo que hoy deberá sentirse muy triste y muy desanimado. Y es que el mundo se va volviendo, en nombre de la defensa de algún Dios que incomprensiblemente pide matar, un terreno oscuro en el cual, aunque no te metas con nadie, se meterán contigo.

Y un mundo en el cual, terriblemente, comenzarás a pensar que lo mejor para lograr que te dejen en paz es ir y atacar también.

Locos todos, diría Erasmo de Rotterdam y muy posiblemente el crepero que le sonreía a cualquiera, en la alegría de mi pasado que un día caminó en santa paz la Rue St. Sabin.


Eduardo Limón. Es periodista cultural. Colaborador en W Radio, puentes.me y Canal 22.