Patriotas y Nacionalistas

Por Gabriel Bauducco (@gabrielbauducco)

Yo que exploro las emociones hasta el límite de la sensatez –básicamente porque las emociones tienen el privilegio de transitar ése camino sin prejuicios–, y he circulado por casi todos los laberintos de la cursilería, en cambio soy virgen –o casi– de uno de los sentimientos más constructivos y más destructivos a la vez: el patriotismo.

Vaya, no es algo de lo que me enorgullezca particularmente, pero así es. Con el paso de los años y el andar por diferentes países (tal vez eso me llevó a mirar con los ojos de la pluralidad), me encontré con algunos puntos de los que se alimenta el patriotismo sin importar demasiado el origen geográfico del que provenga. Hablo, claro, no de la definición política del nacionalismo (que es otra cosa) sino de aquella en la que podrían formarse millones de compatriotas: el apego a la propia nación y todo lo que a ella pertenece. Y quizá ahí esté la sutileza que nos llevará a algunos rincones oscuros: “todo lo que a ella pertenece”. Es entonces cuando entra en juego algo bastante menos racional que el nacionalismo; lo han llamado patriotismo.

No podría dar una clase de historia, pero desde la revolución francesa para acá (acá quiere decir hoy en este caso) se ha venido fundando el concepto de nacionalismo moderno. Y no es que siempre haya transitado por buenos senderos: Alemania en la Segunda Guerra Mundial se escudaba en los sentimientos nacionalistas de muchos, el fascismo italiano es un buen (y mal) ejemplo del nacionalismo. Y ahí está su hermano incómodo, el separatismo moderno. Básicamente todos los movimientos racistas que vemos hoy en día tienen una pata puesta en el nacionalismo. Sin embargo, el nacionalismo per se, no es un concepto ni errado ni maligno (sus interpretaciones mañosas, sí lo son).

Fascismo

“El patriotismo es el peor enemigo de la paz.”

George Orwell

El patriotismo, el huevo de donde nacen las guerras.”

Guy de Maupassant

El patriotismo, a diferencia del nacionalismo, no se basa en la idea de unidad e identidad (lenguaje, cultura y patrimonio incluidos), sino en el amor por una nación, sus ideas, sus creencias. Y ya ven que cuando se mete al amor es cuando las cosas empiezan a complicarse. En un primer acercamiento, ¿quién puede cuestionar a quien dice amar a su patria? Y luego, porque el amor es quizá el sentimiento que más se presta a malinterpretaciones. En el nombre del amor se cometen atrocidades, no sólo personales, íntimas. También públicas, sociales, masivas.

En nombre del amor a Dios (cada quién con el suyo) y sus mandatos, las religiones –o más bien sus fanáticos– han sometido, torturado física y emocionalmente y matado a un número incalculable de seres humanos. Y lo hacen todavía.

fanatismo

Pongo a los fanáticos religiosos porque en algo se parecen a los fanáticos patriotas: sus creencias van sobre cualquier otra.

He leído textos que hablan de las bondades del nacionalismo contra las malicias del nacionalismo. O sea, exactamente lo contrario a lo que yo creo.

Por supuesto que sería imposible saber si los que –en cualquier parte del mundo– quieren cerrar las fronteras de su nación e impedir la inmigración son nacionalistas o patriotas. Aquí, sin ir más lejos, nos quejamos de los del sur y los del norte. Como si así como estamos, sin ninguna influencia, fuera nuestro estado ideal.