#TaconesCercanos Por un libre derecho de mandar todo al diablo

Nuestra adorada culpable Anaví Taché se pone en modo VioVerdú de una vez por todas con nosotros y trae su tremenda propiedad exclusiva, la que fue el antes y después y la que la dio a conocer, ahora de forma masiva, como el mujerón que ya muchos sabíamos que era. Disfruten hoy y cada ocho días ahora de #TaconesCercanos porque no se puede ser más mujer que esto.

Por Violeta Verdú (@vioverdu)

El año pasado decidí sacar de mi vida a dos personas que habían sido parte de mi historia durante muchos años. No hice mayor aspaviento, únicamente tuve una conversación profunda conmigo misma, evalué mis motivos y decidí que no quería seguir compartiendo escenario con ninguna de las dos.

Después hice lo que un amigo llama fade out, que es, básicamente nada. No puse cosas en Facebook, mucho menos las eliminé, no di aviso, no dije ni hice nada. Sólo callé. Y el silencio, como sabemos ya todos a estas alturas, es un gran mensajero.

Por supuesto que a ninguna de las dos les gustó y cada una reaccionó a su manera. Ambas, amigas mías de tiempo atrás, se ofendieron y de una u otra forma me lo hicieron saber. Y tenían razón.

Mandar_Al_Diablo2

Una de ellas me lo reclamó varias veces por las buenas y por las malas, y me insistía en que le explicara por qué nos veíamos tan poco. Y yo pensaba, “¿qué puedo contestarle que valga la pena?”.

En realidad mis razones eran muy mías, ninguna de las dos me hizo nada, ni tengo nada qué reprocharles; simplemente, por la manera en la que ellas ven la vida ahora, me di cuenta de que ya no había nada que compartir. Por el contrario, me percaté de que el tiempo nos convirtió en personas tan distintas, que ellas defendían todo aquello que a mí me ofende. Nuestra manera de ver la vida, de pensar, nuestros conceptos sobre las relaciones, la familia, el dinero, todo se volvió opuesto. Y finalmente, el amor y el cariño entre dos personas no es más que una cadena de pequeñas afinidades, y si un día desaparecen, no hay mucho por hacer.

Me di cuenta, claro, de que fui tachada como la villana de la historia, la malagradecida, la ingrata, la mala amiga que traicionó un código de lealtad que, al parecer y sin yo saberlo, era un pacto eterno. Y yo entonces me preguntaba, ¿por qué?, ¿por qué se nos recrimina tanto querer dejar todo atrás o querer dejar algo que no nos hace felices?

Mandar_Al_Diablo1

Vivimos en un mundo donde, por un lado, todo es inmediatez y todo se resuelve o se tuerce en 140 caracteres, o menos, pero dejar algo atrás es prácticamente pecado. Un trabajo que te hace infeliz, una mala relación –recuerdo que una conocida me dijo hace no mucho que odiaba a su pareja, pero llevaba ya diez años aguantándolo y prefería seguir así que empezar de cero porque al menos con él ya tenía experiencia– o una serie de amistades que te resultan tóxicas porque sí, porque tal vez fuimos nosotros quienes cambiamos, somos nosotros quienes no somos los mismos de antes y cada quien evoluciona a su manera, pero tomar otro rumbo pareciera prohibido.

¿Es en serio una traición? Yo creo que no. Por el contrario, creo que es más traición quedarnos atorados años en un sitio donde no estamos cómodos y, ojo, no digo que debamos tener tolerancia cero y que al primer desacuerdo con alguien salgamos corriendo. Digo que es válido salirse de algo que ya no nos va en la piel. Y eso incluye, por supuesto, relaciones de pareja. Incluye irse de la vida de alguien y no quedarse sólo por temor a que los hijos sufran, o por miedo a que nuestra pareja se vaya al hoyo y luego estemos cargando culpas (bien decía mi abuela que los primeros que llegan al infierno son los chantajistas), o incluye renunciar a un trabajo que nos chupa el bienestar sólo por asegurar la quincena. El mundo es un mosaico de opciones, y es verdad que para cambiar de rumbo se necesita de cierto valor, pero creo, humildemente, que siempre vale la pena.

Mandar_Al_Diablo3

Habrá quienes piensen que hice mal, pero me pareció más práctico alejarme sin dar una explicación porque, dadas las circunstancias, pensé que decirles a estas amigas que su manera de ver la vida me resultaba repulsiva y que me daba pena ver en lo que se han convertido, acabaría siendo peor. A veces, opino, es mejor irse sin aspavientos y no olvidar que a la chingada se manda con elegancia: sin dramas, sin gritos y con la firme convicción de que uno está haciendo lo correcto, sin necesidad de herir a los demás. ¿Es pecado? Creo que no (o al menos, que he cometido pecados peores).

Felices pasos